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Opinión
Tiroteo en Nueva Córdoba

Ricardo Serravalle: la razón de su vida

Fue uno de los dos abatidos en el tiroteo de Nueva Córdoba. Un criminal con antecedentes delictivos de envergadura, experto en armas, de una familia de clase media-alta y culto. ¿Qué llevaría a alguien con estas características a dedicarse al delito hasta morir?

Por: Karina Vallori
Domingo 18 de Febrero de 2018
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Capacidad de liderazgo. Su estructura de personalidad lo llevó siempre a ocupar roles de protagonismo y liderazgo. En su adolescencia, fue presidente del Centro de Estudiantes del Colegio Jerónimo Luis de Cabrera. Años después y ya en prisión, fue delegado de los pabellones que ocupaba, rol desde el que pugnó ante las autoridades penitenciarias por lograr mejores condiciones edilicias, denunciar abusos por parte del Servicio Penitenciario y mejorar el pago por los trabajos que realizaban los internos en los talleres. Estas acciones lo llevaron siempre a ser una persona reconocida y destacada entre la población carcelaria.

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Histriónico y manipulador. Sus dotes actorales y su gran capacidad de oratoria, lo hicieron destacarse notoriamente en el grupo de teatro del colegio, hasta el punto de que muchos pensaron que tal vez su destino sería el de actor. Nunca trabajó profesionalmente, pero se valió de sus capacidades adquiridas en su juventud, lo que lo llevó a ser un protagonista principal en todos los escenarios que luego ocupó. En los penales, y ya detenido en los '90, siempre fue “Pluma”.

Durante la revuelta carcelaria en la Penitenciaría de Barrio San Martín, la prensa lo vio jugar un papel preponderante como “vocero” y líder, junto con otro interno de apellido Luna. Era la cara visible de las negociaciones que llevaba adelante, el por entonces fiscal Alejandro Weiss, el ahora camarista Marcelo Jaime, el capellán Gustavo Olivo, y el resto de los actores del Comité de Crisis conformado por el Ejecutivo para poder fin al levantamiento.

Un gran seductor. Ricardo Serravalle tenía un modo de ser físico imponente y distinguido, y sobre todo muy cuidado, incluso durante el encierro, lo que lo llevó a ser muy popular con las mujeres, un “ganador”. Su altura de más de 1,80 metros, sus ojos azules, su cuerpo siempre trabajado y cuidado, e incluso su modo de vestir, lo destacaban notoriamente del resto de la población carcelaria. Dentro del penal, era considerado un gran seductor

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Frío, astuto y calculador. Por el asalto a un blindado que transportaba una suma millonaria del Banco Provincia de Córdoba Sucursal EPEC fue condenado por “Robo Calificado”. Pero en una primera etapa del proceso, y aún estando preso, logró algo muy poco usual: “arreglar” con los peritos de Policía Judicial para que modificaran y consignaran en el informe realizado por la Sección Balística, que el arma utilizada en el atraco “no era operativa”. De ese modo, logró el cambio de calificación legal a “Robo”, con lo que pudo salir un tiempo en libertad. No obstante, descubierta la maniobra, estalló un escándalo en Policía Judicial y fue nuevamente detenido, regresó a la cárcel y recibió una condena muy dura. Años después, alojado en la Unidad Penitenciaria Nro. 1 – cárcel de Barrio San Martín, y a poco tiempo de salir en libertad condicional, se desencadenó el motín del año 2005. Su capacidad de planificación y su mirada astuta y profunda de las situaciones, la perfeccionó durante sus años en los pabellones. Fue este momento donde podemos decir que se perfeccionó y se especializó, donde hizo su verdadero post-grado, sin dejar de tener nunca un alto perfil.

Culto. Mientras estaba preso cursó la Licenciatura en Historia. A pesar de que no logró recibirse, y  tan sólo aprobó las materias de los primeros años, su paso por las aulas de la UNC le fueron de mucho provecho. Es interesante recordar que las personas privadas de la libertad acceden a la educación universitaria a través del PUC, el Programa Universitario en la Cárcel, que tiene un sólo egresado en sus más de 20 años de vigencia. Serravalle no completó sus estudios pero se acercó a textos de filosofía, sociología y derechos humanos, y este paso por la vida universitaria lo hizo relacionarse y agregar a su “perfil profesional”, tan trabajado y cuidado como su aspecto personal, un halo de persona culta y bien informada.

En agosto de 2012 finalmente salió en libertad. Había sido condenado por “privación ilegítima de la libertad calificada“ durante el Motín en la Cárcel de San Martín. No fue lo que esperaba cuando decidió ser protagonista de la revuelta, y eso lo llevó a sentirse “traicionado” por el entonces Gobernador José Manuel de la Sota y las instituciones negociadoras. A pesar de que en público decía “haber cambiado la 9 por la Bic”, y que se dedicaría a ser apicultor, en privado y para sus íntimos, nunca abandonó su verdadero “trabajo” y se ufanaba de ser un gran profesional.

Odiaba y despreciaba profundamente a la Policía, pero tenía especial encono con los que denominaba “Tortugas Ninjas”, tal como les decía a los integrantes del ETER, y una obsesión con algunos investigadores de Inteligencia Criminal, ya que los veía como su contraparte, no así al resto de los policías. Decía amar su libertad, pero no estaba dispuesto a tener un nivel de vida común, de trabajador, de cumplir horarios, la vida de un “gil laburante”, como se dice en la jerga, y por eso siempre estuvo pendiente lograr el golpe de su vida. Sabía los riesgos de ello, pero había tomado una decisión: no volvería nunca más a la cárcel. Quienes lo conocían profundamente sabían que jamás iba a volver, pero persistir en el delito lo llevaba a la extrema posición de todo o nada. A lograr su objetivo de dinero y libertad a cualquier precio. A sangre y fuego.

Su extrema necesidad de protagonismo, una estructura de personalidad sumamente narcisista y la autopercepción magnificada que tenía de sí, lo llevaron siempre por el mismo camino: grandes asaltos a blindados, manejo ostentoso de armas, grandes y planificados golpes, roles destacados en situaciones de crisis. Pero también, y muy posiblemente víctima de su propia personalidad arrogante y orgullosa, lo llevaron a su inexorable final, que tal vez él mismo imaginó muchas veces: morir a los tiros y en la calle, contra la policía y por un botín de envergadura. Y tal vez, nosotros mismos al escribir y leer esta nota seamos el último acto planificado de la obra de su vida, la que escribió y protagonizó con sangre y fuego. Porque su capacidad de proyectar, preveer y también manipular, muy posiblemente y como un acto póstumo, sea lo que inspiró y generó esta nota. Para continuar en escena, aún cuando las luces se hayan apagado y el telón haya caído.

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