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Los amigos de la infancia disfrutaban de una siesta en el río cuando conocieron a una turista santafesina. Los amigos eran muy amigos. La chica era muy linda. Se enamoraron los dos.

Admito que no me consuela saber que hay quienes ya no ven reyes ni camellos. No ven nada. Ni con los ojos abiertos ni con los ojos cerrados. Me preocupa mi visión cada vez más opaca, conforme pasan los años. ¿Cuándo ocurre esto? ¿Cuándo abandonamos la idea de reyes y camellos y niños dioses y papás noeles, y la reemplazamos por una versión avinagrada de la lógica, la verdad, los hechos, la vida real?

Elegí la opción que más te representa para ver cómo pinta el año que viene.

La Navidad es nuestra gran fiesta popular. No hay rico ni pobre, creyente o ateo, de izquierda o derecha que no celebre su Navidad. No pasa con ninguna otra fiesta eso de que nadie quede al margen.

Me senté a escribirle una carta a Papá Noel que, creo, me salió bastante convincente. Pero no es del contenido de la carta que quiero hablar ahora. El lunes, antes de la nochebuena, capaz que me animo a revelar lo que le pedí y qué regalos voy a abrir a la noche, si es que la carta llega.

Me desperté porque ladraban sin parar. Y los ladridos se escuchaban algo lejos. Tuve la sensación de que había pasado algo fuera de lo común. Escuchaba ladrar a las dos perras, pero no al gran Álvar (Núñez, cabeza de vaca). Y el Álvar siempre es el primero en ladrar cuando hay un caballo cerca o algún bicho de esos que aparecen en las madrugadas de intemperie.

Fingir el llanto es algo tremendamente difícil que requiere de técnica y tiempo. Eso dicen los especialistas. La antigua creencia de que los cocodrilos lloraban mientras devoraban a su presa fue reemplazada por la certidumbre científica de que los cocodrilos, como los humanos, lubrican sus ojos con lágrimas. De ahí que la expresión “lágrimas de cocodrilo” es de dudosa comprobación.

Quiero que el ogro de la Conmebol se despierte y enfrente un tribunal de reyes magos que lo acuse de un crimen, de esos que no prescriben nunca.

A mi modo de ver, la única manera de intentar que los bochornosos episodios del sábado no hayan pasado en vano, es aplicar el rigor de la ley, le duela a quien le duela.

El Imperial Ruso se quedó adherido a la memoria como el sabor al paladar por años. Hasta hoy siento la necesidad de que me acompañe los años que faltan. Como una manera de confirmar que la vida es indivisible, que los guiños de la infancia a menudo escriben el porvenir.

Si yo tuviera un hijo o un hermano hundido en el mar frío y sin respuestas, querría que me lo traigan de vuelta. Pero no tengo a ningún ser querido hundido en el Atlántico Sur. Soy periodista. Y debo informar las cosas que sé.

Hablemos en serio. Hay cosas mucho más importantes que el fútbol como para pasarse horas, días, semanas, debatiendo sobre una pelota que rueda en un pedazo de pasto.

Aunque sea por la fuerza de los recuerdos, no toda la pasión se nos ha ido. Por eso agradezco conservar la que siempre tuve por el fútbol.

Crecí con la idea de superhéroes que podían cambiar el mundo. Hacerlo mejor. Menos injusto. Más humano. Ya no tengo esa idea mesiánica de la vida. Desde hace un tiempo creo que Batman solo puede hacer bastante pero no más que eso.

Una primera reacción obvia, lógica, pero simplista, sería lamentarse por el acceso al gobierno del país más poderoso de América Latina de un racista, xenófobo, homofóbico, partidario de la violencia institucional y de la incursión del militarismo en la política.

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