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Ciclismo

El registro del alma en el Aconcagua de los ciclistas

Te contamos cómo es subir pedaleando al Abra del Acay, a 4.900 metros de altura, el punto carretero más alto de Argentina.

Por: Roberto Battaglino
Martes 11 de Diciembre de 2018
abra del acay battaglino

El registro más importante está en el alma. No está en las fotos. No está en los videos. Quedó atrapado allá en la cima. A 4.900 metros de altura atrapado en el viento y la inmensidad. El abrazo fuerte y emocionado con Juan. Habíamos llegado, con muchísimo esfuerzo, al Abra del Acay, el punto carretero más alto de Argentina y el segundo del mundo, eso que algunos llaman el Aconcagua de los ciclistas. Nosotros estábamos ahí. Habíamos llegando pedaleando. Nos faltaba el aire nos sobraba la emoción. Y le dejamos nuestras lágrimas de tributo a ese monumento natural.

El Abra del Acay está sobre la ruta 40. Une los valles Calchaquíes con la Puna, en el techo de Salta, en una zona muy poco habitada y de una belleza natural conmovedora.

Antes que sigan leyendo cómo fue hacer eso pedaleando, les cuento que es un camino que se puede hacer en auto tomando los recaudos de altura. Y que no se van a arrepentir de conectarse con esa inmensidad.

Nosotros en la bici ya lo habíamos intentado en febrero, pero la crecida del río Calchaquí, que sale del Nevado del Acay y va cruzando todo el valle, nos había bloqueado el paso. Aquella vez la travesía fue más larga.

Esta vez decidimos salir desde La Poma, ese pueblito encantador, a 3 mil metros de altura, cuyos habitantes tienen el encanto, la sencillez y la hospitalidad de los pobladores de nuestro norte.

Es la segunda vez que estamos en la hostería El Acay y ya nos sentimos parte de la familia. Saben que nos levantamos al alba a desayunar, que cargamos las caramañolas con agua, que metemos lo que entre en la mochila de abrigo, frutas, cereales y que le vamos a avisar cualquier cosa que nos pase. Aunque apenas salgas del pueblo no va a haber señal de ningún tipo para ningún tipo de comunicación.

+ VIDEO: Así llegamos a la cima de Abra del Acay:

Llegás cuando llegás

Mi amigo Juan Gómez, un aficionado a estas travesías por cuestas y montañas emblemáticas de la Argentina, repasa los últimos consejos: tomar mucha agua de a sorbitos, no quemar toda la energía de golpe, mantener un ritmo, descansar, alimentarse. “Vas a llegar cuando llegués”, repite. Parece un juego de palabras pero no tienen idea del valor que cobra esa expresión cuando el agotamiento se apodera de uno.

Esto no es una carrera, ni una salida de entrenamiento, ni una vueltita para probar cuán veloz estás con la bici. Es conectarte con la naturaleza, con el entorno, es desafiarte a vos mismo.

Y allá arrancamos cuando el sol aflora entre los cerros y las nubes juegan entre las cimas a contornear figuras que te acompañaban en un pedaleo lento, pero muy alegre y vivaz en ese arranque.

Sólo el sonido del viento nos iba acompañando.

Más pedal, menos Instagram

La altura se siente de arranque y es todo subida, aunque en el comienzo alguna que otra bajadita permite aliviar las piernas y cambiar un poco el aire.

Ya no sabés en qué curva parar a sacar fotos o grabar video. Todo es bello, todo tiene una paleta de colores que deslumbra. Pero hay que pedalear más y pensar menos en el Instagram. Y allá vamos.

Vamos felices. Y la felicidad se aumenta cuando aquel río crecido que nos bloqueó el paso en febrero ahora es un cauce que se cruza pedaleando. Hay que pasarlo seis veces. Y hay que tratar que te moje lo menos posible porque el agua está helada, helada.

El solcito va calentando y es momento de sacarse abrigos pero siempre cuidando de estar protegido y que las pocas zonas del cuerpo no cubiertas tengan protector de 50 para arriba. Febo a esa altura hace estragos.

+ GALERÍA: El desafío, en fotos:

abra del acay battaglino

El mejor regalo

Ya hace rato que nos cruzamos con nadie. Unas mujeres ordeñando unas cabras, un señor labrando una pequeña parcela llana son las únicas personas que hemos visto desde que salimos de La Poma. Hasta que de repente un par de perros que parecen enojados ladran para invitarnos a descender de las bicis.

Un ranchito está detrás de los ellos. Y allá sale una señora a decirnos que son mansitos. Mientras vamos a su encuentro, vemos el cartel que dice “adornos y mochilas” y le preguntamos de qué se trata. La mujer sale con una bolsa, corre la cabra que se ha subido en la tabla que sirve de mostrador y nos muestra los gorros, guantes, medias que teje con lana de llama. Otra cabra se acerca a las bicis, mete el hocico en el portaobjetos que llevamos en el cuadro y se roba una barrita de cereal.

Juan elige el regalo para su nietita que está en camino y yo pienso que voy a comprar un presente en el lugar más singular que haya adquirido un souvenir.

Todo está lejos de ese sitio. Pero ellos tienen un sentido de pertenencia que los hace sentir cerca.

Siesta de altura

Estamos a 3.700 metros de altura. Faltan subir 1.200. Y en 15 kilómetros.

Las paradas son cada vez más seguidas. Cuando te bajas de la bici, la vista se va para dos lados. Para abajo, uno encuentra un puntito muy lejano por dónde ha pasado. “Mirá todo lo que subimos”. Para arriba, algún mojón del camino tiene la dimensión de inalcanzable. “Mirá todo lo que falta”.

Se habla cada vez menos, el ritmo va bajando. Las técnicas para respirar y que entre oxígeno parece que no están dando resultados porque el cuerpo está mandando señales de que no nos va a acompañar mucho más.

¿Y saben qué hacemos? Una siesta. Sí, ahí en el medio de la montaña,  sin otra sombra que el casco y el pañuelo cubre cuello. Con la cabeza para abajo para que la sangre irrigue ese cerebro que no quiere seguir.

Quedan menos de 10 kilómetros pero muchísimo por subir. Y el viento ya no es una distante compañía. Se siente con fuerza. Entonces, como vamos a llegar cuando lleguemos, nos bajamos de la bici y caminamos la parte que el viento da en contra y aprovechamos cuando da a favor para avanzar lentamente.

Caminar, pedalear, descansar. Un zorrito se hace el amigo y nos olfatea de punta a punta a ver si llevamos algo para comer. Ya casi no queda para nosotros, le decimos y parecemos el Principito hablando en el desierto con el zorro.

Con Juan hace rato que no hacemos bromas, ni siquiera esa de un conocido común que zanja todas los debates diciendo “hagamos lo que dice la mayoría”. Yo tengo una tensión interna entre una parte mía que dice “hasta acá llegué” y la otra que ordena “vamos que llegamos”.

Quiero saber qué dice la mayoría en esa rara mezcla de sensaciones que tengo dentro mío y la mayoría dice: “Levantate que ya llegas”.

Sin tiempo

Los últimos dos kilómetros duran un tiempo que ningún reloj podría medir. El sol ya ha doblado la curva del mediodía hace un rato. Sólo el grito de “es ahí” hace el mágico efecto de empujarnos a pedalear hasta la cima.

Es ahí. Ahí, a 4.900 metros de altura. Ahí, donde soñamos que íbamos a llegar pedaleando y llegamos. Ahí, donde el viento te envuelve, donde casi no sentís el cuerpo. Donde el alma se alborota. Donde lloramos emocionados.

Queda un rato para bajar a San Antonio de los Cobres. El viento nos va a querer meter la traba y no dejar avanzar. Pero ya está. También a vamos a poder con el viento.

Lo importante es que el Abra del Acay ya era nuestro. Le habíamos dejado unas lágrimas y un abrazo de los cuales el único registro quedó en el alma.

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