* Por Rebeca Bortoletto
¿Quién conoce a un científico cordobés? ¿Quién sabe qué investiga, qué busca descubrir o para qué puede servir su trabajo?
La mayoría de nosotros no podría nombrar a muchos. Son casi desconocidos para el gran público. Por eso me propuse conocerlos, contar sus historias y mostrar, a través de ellos, el trabajo silencioso y sostenido de cientos de científicos que todos los días investigan, aunque no reciban premios ni aparezcan en los medios.
La primera sorpresa fue descubrir que la ciencia está mucho más cerca de lo que imaginamos.
Un pibe de 24 años y una investigación sobre el cáncer
En el Instituto de Ciencias Biomédicas de Córdoba, que depende del Hospital Privado, conocí a Tiago Herrador. Tiene 24 años, estudia genética y desarrolló un programa informático para analizar imágenes de ovarios afectados por cáncer y estudiar la evolución de la enfermedad.
De pronto, la ciencia dejó de ser algo abstracto, algo que uno imagina encerrado en un laboratorio y que no termina de comprender. Se me hizo concreta: cáncer de ovario.
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Este pibe es uno de los cuatro estudiantes avanzados distinguidos con el premio. Y no es una excepción.
En todos encontré características parecidas: son curiosos, perseverantes, tienen ambición por hacer ciencia y vienen acelerados. Muchos ya publican trabajos, integran equipos de investigación y tuvieron experiencias en otros centros universitarios del exterior. Tienen, en promedio, unos 24 años y una carrera que recién empieza, aunque varios ya están produciendo conocimiento.
No es poco decir. El mundo busca talentos científicos y las oportunidades para continuar una carrera afuera existen. Brasil y Uruguay, entre otros países de la región, también tienen propuestas para quienes quieren investigar.
Sin embargo, algo les tira para seguir contra todo pronóstico, acá.
Los que empiezan a construir su futuro
María Gracia Archilla llegó desde Villa de Soto para estudiar ingeniería. Fue abanderada de su facultad y, mientras hacíamos estas entrevistas, se recibió. Investiga las reacciones químicas de los materiales en condiciones extremas. Sus padres son ingenieros agrónomos. En su historia también está el esfuerzo de dejar el lugar de origen para formarse y abrirse camino.
Víctor Rubén Sández vino desde Salta para estudiar en FaMAF. De familia numerosa, combina su amor por la astronomía y el estudio del Sol con su preocupación por la problemática social y política, el presupuesto universitario y el futuro de las universidades. Es una rara avis: le interesan tanto la ciencia dura como la política. Y encuentra en el exrector Francisco Tamarit a uno de sus grandes referentes académicos.
Martina Torres Criscuolo estudia Filosofía Política en la Universidad Católica de Córdoba. Es docente de nivel secundario, realiza voluntariado en barrios vulnerables y publicó investigaciones críticas que tuvieron repercusión internacional.
Cuatro jóvenes, cuatro caminos diferentes y una misma decisión: apostar por el conocimiento.
De los autos de carrera a conectar el cerebro con las computadoras
Entre los jóvenes investigadores aparece Ezequiel Simeoni, ingeniero biomédico egresado de la Universidad Nacional de Córdoba. Se crió en Río Tercero entre fierros. Con su padre armaba autos de carrera, corrió rally y llegó a ser campeón provincial.
Hoy trabaja en interfaces entre el cerebro y las computadoras. Fue becario Fulbright y participó en España en el desarrollo de un casco inteligente para pilotos de aviones de combate. Actualmente da clases e investiga en la recién creada Universidad Nacional de Río Tercero.
De los autos de carrera a las conexiones entre el cerebro y las máquinas. No es precisamente el recorrido que uno imagina cuando escucha hablar de un piloto de rally.
Miguel Sofo Haro nació en La Falda, es ingeniero electrónico e investigador del Conicet. Pasó doce años en el Instituto Balseiro de Bariloche y se especializa en sensores de partículas. Tiene varias patentes en su haber.
Fidela Azarian tiene 35 años, se crió en barrio Pueyrredón y es doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Católica de Córdoba. Su investigación abordó la realidad política de las personas travestis y trans y contribuyó al debate sobre el reconocimiento de sus derechos. Es docente y activista. En su recorrido, la investigación académica y el compromiso social van de la mano.
María Julia Lamberti nació en Serrano, se recibió de microbióloga y obtuvo un doctorado en Ciencias Biológicas en la Universidad Nacional de Río Cuarto. Se especializa en inmunología del cáncer y estudia melanomas y glioblastomas. También impulsó la campaña Piel en alerta, para concientizar sobre el cáncer de piel.
Son jóvenes investigadores que ya tienen mucho para contar. Y que, al mismo tiempo, tienen toda una carrera por delante.
Los Messi de la ciencia
Los otros cuatro integrantes de esta selección son investigadores con una trayectoria consagrada. Son, si seguimos con la comparación futbolera, los Messi de la ciencia. Sus nombres tienen reconocimiento internacional, sus trabajos cruzaron fronteras y sus carreras muestran hasta dónde puede llegar una vocación sostenida durante años.
Sandra Díaz nació en Bell Ville. Es doctora en Ciencias Biológicas, profesora universitaria e investigadora del Conicet. Es una de las creadoras de TRY, una extensa base de datos sobre características de las plantas que ayudó a ampliar la comprensión de la diversidad vegetal. Su trabajo la convirtió en una referente mundial de la biodiversidad y de los debates sobre política ambiental.
Gabriel Rabinovich nació en Villa Cabrera, Córdoba capital. Fue al Colegio San Martín de la comunidad israelita y se graduó como bioquímico y doctor en Ciencias Químicas en la Universidad Nacional de Córdoba. Es investigador superior del Conicet y trabaja en glicoinmunología y cáncer.
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Fundó Galtec, una empresa creada para trasladar descubrimientos científicos hacia posibles aplicaciones clínicas. Además de su trabajo, es un referente para los investigadores jóvenes.
Gustavo Rivas es bioquímico, farmacéutico y doctor en Ciencias Químicas por la UNC. Fue un gran impulsor de la química analítica en Argentina y se especializa en biosensores, dispositivos que permiten detectar indicadores relevantes para la salud o la enfermedad.
Guillermo Ordóñez es licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Córdoba y se especializa en macroeconomía y finanzas. Es profesor en la Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos, aunque mantiene vínculos con la comunidad universitaria cordobesa.
Son carreras diferentes, con preguntas diferentes. Pero hay algo que las une: la búsqueda de respuestas que permitan comprender mejor el mundo y, en muchos casos, mejorar la vida de las personas.
Laboratorios abiertos, presupuestos que preocupan
Conocer a estos doce también obliga a mirar el contexto en el que hacen ciencia.
La investigación es uno de los pilares fundamentales de las universidades. Pero investigar necesita recursos: laboratorios, equipamiento, equipos de trabajo, becas y tiempo. En un escenario de dificultades presupuestarias para el sistema científico y universitario, sostener esa actividad se vuelve un desafío cotidiano.
El rector de la Universidad Nacional de Córdoba, John Boretto, sostiene que la universidad no puede abandonar su vocación investigadora porque es una de las razones de su existencia.
Y mientras los recursos escasean, los laboratorios siguen abiertos. Hay ingenio, multiplicidad de ideas y una enorme voluntad de encontrar respuestas a preguntas que el mundo todavía tiene pendientes.
El problema es que el talento también tiene un mercado. Los investigadores pueden encontrar oportunidades en otros países y construir allí sus carreras. Brasil y Uruguay son algunas de las alternativas regionales. La pregunta es cuánto puede hacer Argentina para que quienes se forman acá también puedan desarrollar acá su potencial.
En las entrevistas encontré jóvenes que conocen esas posibilidades, pero que también tienen ganas de quedarse, de enseñar, de investigar y de construir desde Córdoba. No todos tienen la misma historia ni las mismas razones. Pero la posibilidad de hacer ciencia en el país aparece como una decisión que merece ser escuchada.
12 nombres, una misma apuesta
Este año, Córdoba es escenario del Premio Mundial de Ciencia Albert Einstein, una distinción del Consejo Cultural Mundial. A partir de una propuesta del Foro de Rectores de Córdoba, que reúne a autoridades de once casas de altos estudios de la provincia, fueron seleccionados doce protagonistas de distintas etapas de la vida científica: cuatro estudiantes avanzados, cuatro jóvenes investigadores y cuatro científicos de trayectoria.
Así se conforma La Otra Selección, en contraposición con la selección argentina de fútbol, tan popular y querida.
El Doce y la Universidad Nacional de Córdoba proponen un retrato íntimo y personal de estos doce premiados. Pero la idea va más allá del reconocimiento: en ellos también está representado el trabajo de tantos otros que investigan sin aplausos, sin tribunas y muchas veces sin el reconocimiento que merecen.
Cada uno, desde el lugar que eligió, tiene una carrera y un compromiso con la sociedad. Sus investigaciones pueden traducirse en nuevas herramientas para estudiar enfermedades, tecnologías, medicamentos, tratamientos o maneras de hacer visibles problemas que permanecían ocultos.
Conocerlos es entender que la ciencia no es algo lejano ni reservado para unos pocos. Está en las preguntas que nos hacemos, en las enfermedades que buscamos comprender, en el ambiente que necesitamos proteger y en las tecnologías que transforman nuestras vidas.
Conocer es respetar. Conocer es valorar. Y valorar también significa sostener.
Estos doce científicos tienen nombre, apellido, historias personales y proyectos que merecen ser contados. Son parte de una Argentina que estudia, investiga y busca respuestas.
Esta es la otra selección. Y también juega por el futuro.



