Para Carla, la salud no debe ser un privilegio de quienes viven en las grandes ciudades, sino un derecho elemental. Con esa certeza como bandera, viaja regularmente hacia los rincones más profundos del noreste cordobés y los límites con Santiago del Estero y Chaco, hacia parajes como Pozo del Simbol, Tasma y Sachayoj. Son trayectos difíciles, de más de 60 kilómetros de tierra que una tormenta puede volver completamente inaccesibles, pero donde siempre espera una escuela rural, una maestra que hace de nexo y una comunidad necesitada de ser vista.
El impacto del primer abrazo médico
La realidad de la periferia golpea de frente. Carla recuerda con emoción el impacto de encontrarse en sus viajes con niños de uno o dos años que jamás en su vida habían sido revisados por un pediatra.
En esos parajes, el Hospital Ambulante se transforma en un refugio multifunción. Aunque su especialidad es el cuidado de los más chicos, Carla atiende activamente en clínica médica si faltan manos. Sabe perfectamente que la medicina rural trasciende lo estrictamente asistencial: muchas veces, la consulta médica se convierte en un espacio de escucha y contención para personas que solo necesitan compartir sus dolores cotidianos y ser escuchadas.

Una semilla que germinó en la universidad
Esta chispa solidaria no es nueva. Se encendió cuando Carla cursaba el sexto año de la carrera en la Universidad Nacional de Córdoba y un profesor, el doctor Juan Wenceslao Tomsik, la invitó a un viaje del grupo brocheriano. Aquella experiencia transformó su mirada para siempre.
Años después, la vida la cruzó con dos colegas que fundaron el Hospital Ambulante. Al sumarse, el destino le regaló un instante de magia: en su primer viaje, descubrió placas en reconocimiento a aquel profesor que la había inspirado en sus aulas. El círculo perfecto de la solidaridad se había cerrado.
Contagiar salud: un legado familiar
Sostener esta estructura no es una tarea sencilla. La fundación se autogestiona por completo. Todo se hace a pulmón: la medicación se junta gracias a donaciones en sus propios trabajos y los viajes internacionales -como las próximas misiones a Haití, República Dominicana para Navidad y a la Isla de San Andrés en Colombia en marzo- se autofinancian enteramente por los propios voluntarios. No hay grandes presupuestos atrás, solo rifas, botones de Mercado Pago y la generosidad de la gente común que acerca alimentos no perecederos o leche cuando se los necesita.
Sin embargo, el premio más grande para Carla va más allá del deber cumplido. Está en su propia casa. Felipe, su hijo de casi 15 años, decidió dejar de lado la comodidad de la adolescencia para subir al Hospital Ambulante y transformarse también en voluntario. Verlo trabajar a la par del resto del equipo en el último viaje a Pozo del Simbol es el reflejo de un lema que Carla lleva impresa en el alma: la salud y la solidaridad se contagian con el ejemplo.
Carla y el Hospital Ambulante siguen viajando con una meta clara: llegar siempre adonde nadie más llega, llevando esperanza y demostrando que, cuando la medicina se mezcla con la empatía, no existen caminos imposibles.



