Originaria de San Juan, su vínculo con Córdoba comenzó hace tres décadas, cuando se recibió de médica en la Universidad Nacional de Córdoba. Sus primeros pasos los dio como voluntaria en el Hospital de Niños, bajo la guía del Dr. Romis A. Raiden. En ese espacio, la simple vocación de ayudar se transformó en un sentido de vida. Fue allí donde unos compañeros le comentaron que el Hospital Santa Rita, en la localidad norteña de Sebastián Elcano, necesitaba médicos para la guardia y los consultorios externos. Adriana armó sus valijas y partió con un enorme deseo de aprender.
Al poco tiempo de llegar, supo de la existencia de Las Maravillas, un paraje aislado donde la asistencia médica era inexistente debido a las enormes distancias y la falta de movilidad. Con el equipo del hospital decidieron ir directamente hacia ellos. Levantaron una salita de primeros auxilios que transformó la zona. La gente llegaba a caballo, a pie o en bicicleta. El lugar se convirtió rápidamente en un espacio comunitario para conversar y entender las realidades de cada hogar. Adriana comprendió, entonces, que, para cuidar a alguien, primero hay que conocer su entorno.
Esa huella la llevó luego a Villa Candelaria, un destino aún más inhóspito. Comenzó viajando dos o tres veces por semana hasta que decidió mudarse definitivamente junto a su esposo, quien también es médico. Durante cuatro años recorrieron intensamente ocho parajes rurales. Aunque la vida la llevó después a caminar por otras comunidades como San Francisco del Chañar, Cerro Colorado, El Pantano, Santa Elena, El Rodeo, Rayo Cortado, Eufrasio Loza, Chañar Viejo, Caminiaga y Villa Candelaria siguió siendo su lugar en el mundo. Hace tres años regresó a su hospital zonal, un punto estratégico que también asiste a familias que cruzan desde Santiago del Estero, provenientes de parajes como Sumampa, Paso de Julio, Ojo de Agua y Taco Pozo.

Para Adriana y su esposo, el Dr. Ariel Isquierdo, la medicina en el consultorio tradicional resulta insuficiente ante las barreras geográficas. Por eso, continúan saliendo al territorio en un vehículo facilitado por la comuna. Visitan casa por casa para ofrecer una medicina humanizada y sin apuros. Al llegar, los pacientes les abren las puertas de sus hogares, les muestran sus huertas y sus animales, y la consulta médica siempre concluye con un abrazo, un termo de mate tortillas caseras o huevos de campo.
Esta labor es posible gracias a un entramado solidario que incluye a enfermeros, trabajadores sociales, visitadores médicos que aportan muestras de medicamentos, y amigos que hacen donaciones. A pesar del sacrificio físico que imponen el barro, los mosquitos y las ausencias temporales que sus tres hijos debieron asimilar desde pequeños, la familia hoy contempla su trabajo con orgullo y los sostienen con afecto al regreso de cada larga jornada.
A sus títulos en Medicina General y Medicina Laboral, Adriana suma su especialidad en Geriatría, un conocimiento clave en un norte rural habitado por numerosos adultos mayores que se encuentran postrados. Su premisa actual es clara: si el paciente no puede llegar, el hospital debe ir hacia él. Con ese norte, hace apenas veinte días, la comuna firmó un convenio con la Universidad Nacional de Córdoba para poner en marcha un proyecto que llevará a estudiantes y a profesionales de distintas disciplinas a realizar un relevamiento territorial enfocado en problemáticas críticas de la región, como el acceso al agua, la contaminación ambiental, el chagas y la atención integral de la vejez.
A los 58 años, Adrián Elizabeth Moreno reafirma su elección por los caminos rurales. Convencida de que la dignidad no depende del código postal, encuentra su mayor recompensa en el bienestar de las comunidades que asiste, demostrando que la medicina más efectiva es aquella que sabe escuchar.



