Cuenta la historia que sobre su piano, su padre le ponía sapos. Sí, sapos - sapos. Él salía por ahí en busca de simpáticos batracios. Es que los bailes eran muchas veces al aire libre o en lugares semi abiertos y sobre todo, eran bailes extensos. Había que darle pelea a las “juanitas”, langostas, cascarudos varios... para que Leonor Marzano pueda tocar tranquila. Una postal que pinta una época: los años 40′, 50′, 60′ de una Córdoba con ebullición cultural propia.
En ese piano, nació su estilo y en esa original manera de tocar nació el cuarteto.
El Cuarteto Leo fue un proyecto de padre e hija: Augusto Marzano, ferroviario y músico, quien luego de tocar con “Los Bohemios” le propone a su hija integrar un nuevo grupo. Así nació “Cuarteto Característico La Leo”, él en el bajo, ella en el piano y sumarían otros músicos como Miguel Gelfo que se casa con Leonor. De esa unión nacieron Marta y Eduardo.
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Su primera actuación fue un 4 de junio de 1943, en los estudios de la vieja LV3, marcando para siempre ese día como Día del Cuarteto.
“Mi mamá amaba lo que hacía y era muy humilde, bajaba siempre a saludar a la gente, no todos los hacen”, cuenta Marta mientras muestra algunas de las tapas de los discos editados y revela un secreto: Leonor usaba pelucas, tenía varias y de diferentes estilos, según Marta “era muy coqueta”.

La Leo publicó más de 50 discos de larga duración, viajaban por toda la provincia haciendo bailar a un público deseoso de escuchar ese “piano saltarín”. Marta recuerda que a su madre sólo la hizo frenar la llegada de su hijo Martín. “Quería disfrutar de su nieto y ahí largó todo”, cuenta Marta.
Hoy, la figura de Leonor crece con el tiempo que le hace justicia a su legado. Ella vive en sus canciones y también en una escultura de bronce que ahora se trasladó de la calle San Martín a la entrada del Teatro Municipal Comedia de la calle Rivadavia. Allí está ella junto a su instrumento. Los sapitos, bien alimentados, saben que ese piano sonará por siempre.
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