La noticia de la muerte de Carlos “Indio” Solari deja un silencio extraño en la cultura popular argentina. Un vacío difícil de explicar para quienes alguna vez caminaron kilómetros detrás de una canción, viajaron toda una noche para llegar a un recital o encontraron en sus letras un refugio contra la intemperie. Y en esa memoria colectiva, Córdoba ocupa un lugar especial. Porque fue escenario de seis encuentros que ayudaron a construir uno de los fenómenos más singulares de la música argentina.
Todo comenzó el 6 de octubre de 1987, cuando Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota desembarcaron en la entonces Asociación Española de Córdoba. Apenas unas 300 personas presenciaron aquella ceremonia primitiva. Nadie imaginaba que ese puñado de espectadores estaba viendo germinar una religión pagana que décadas después movilizaría multitudes. El Indio todavía era un secreto compartido entre el underground, una voz que parecía llegar desde algún rincón donde la sociedad capitalista puede secuestrarte hasta el estado de ánimo y las reglas del mundo podían escribirse de otra manera. De aquel show quedó una imagen inolvidable en la cuál se ve a la cúpula de la banda en la cañada: Indio Solari y Skay Beilinson.

Cinco años más tarde, en septiembre de 1992, Villa María recibió por primera vez a Los Redondos. El mito comenzaba a expandirse por las rutas argentinas como un fuego imposible de contener. Ya no eran únicamente una banda de rock: eran una contraseña generacional. Los seguidores llegaban desde distintos puntos del país para participar de una celebración donde las canciones funcionaban como banderas y cada recital era una patria provisoria.
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La ciudad volvería a abrazarlos en junio de 1997. Con “Luzbelito” bajo el brazo, el grupo atravesaba uno de sus momentos creativos más intensos. El anfiteatro se convirtió en una catedral al aire libre donde resonaron historias de ángeles caídos, héroes derrotados y personajes que parecían escapados de una novela oscura. El Indio caminaba sobre el escenario como quien conoce secretos que los demás apenas intuyen.

Un año después, en mayo de 1998, Villa María volvió a ser territorio ricotero. Aquella noche quedó marcada por incidentes fuera del predio, pero también por una demostración de fidelidad pocas veces vista en la historia del rock argentino. Entre la tensión y la fiesta, las canciones siguieron sonando como si fueran capaces de sostener el cielo. Porque, incluso en medio de las tormentas, la tribu encontraba en esos recitales una forma de reconocerse.
La última visita de Los Redondos a Córdoba llegó el 4 de agosto de 2001 en el estadio Chateau Carreras. Más de 45 mil personas participaron de una noche que el tiempo transformaría en leyenda. Nadie sabía que estaba asistiendo al último recital cordobés de la banda. El grupo se despidió sin anunciarlo, como suelen hacerlo los mitos. Aquella noche, cuando sonó “Un ángel para tu soledad”, pareció abrirse una grieta en el tiempo. El pogo rugía como un océano y las luces iluminaban rostros que todavía no sabían que estaban viviendo el final de una era.

La sexta y última escala ocurrió el 12 de abril de 2008 en Jesús María. Ya sin Los Redondos, acompañado por Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, el Indio volvió a convocar a más de 40 mil personas. El espíritu ricotero seguía intacto. Sonaron las nuevas canciones de “Porco Rex”, pero también aquellos himnos que sobrevivían al paso de los años. Cuando llegó “Juguetes Perdidos”, miles de luces se encendieron en la noche cordobesa como si cada asistente quisiera sostener una estrella entre las manos.
Hoy, mientras las noticias confirman que el Indio ya no está, Córdoba vuelve a recorrer esos recuerdos. Quedan las rutas llenas de mochilas, los estadios convertidos en santuarios, las gargantas gastadas de tanto cantar y esas letras que aprendieron a desafiar al tiempo. Porque algunos artistas se despiden cuando baja el telón. Otros permanecen. Y quizás sea cierto aquello de que las mejores almas siguen flotando donde alguna vez hubo banderas en el corazón. El Indio se fue, pero en algún rincón de la memoria colectiva todavía sigue sonando el eco de un “Ji ji ji” interminable, como una promesa de que los sueños, a veces, también saben sobrevivir a la muerte y “alguna día esta vida será hermosa”.


