La experiencia que Sebastián “Culini” Weinbaum vivió en el Amazonas quedó grabada por una razón difícil de olvidar: tuvo que introducir una mano en un guante repleto de hormigas bala y soportar sus picaduras como parte de un antiguo ritual.
Durante su charla con Mario Pergolini en Otro día perdido, Eugenio y Culini Weinbaum repasaron distintas aventuras que compartieron. Entre ellas apareció aquella prueba de resistencia, que Eugenio recordó después de señalar a su hermano como “el más flojo con los dolores”.
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El desafío tenía una preparación tan particular como intimidante. Según explicó Eugenio, los participantes deben colocar la mano dentro de un guante tejido, similar al crochet, en cuyo interior ponen las hormigas completas, de unos tres centímetros y con sus largos aguijones preparados para atacar.
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La cantidad también explica la intensidad de la experiencia: eran unas 200 hormigas con los aguijones apuntando hacia adentro. “Te empiezan a picar y te inyectan ácido fórmico, un dolor tremendo”, relató Eugenio. El nombre de estos insectos se relaciona precisamente con esa sensación, ya que la picadura de una sola hormiga es comparada con recibir un balazo.
Culini contó que el ritual marca el paso de los adolescentes a la condición de guerreros y que una de sus reglas es no llorar. Pero el dolor pudo más: “Parecía que te la estuvieran prendiendo fuego”. Entonces se apartó para llorar lejos de todos, hasta que descubrió que su hermano se acercaba con una cámara. Después de sobrevivir a 200 hormigas bala, aparentemente todavía quedaba una última prueba: que Eugenio no lo encontrara.

