“Soy venezolana. Si me ven llorando en un semáforo es porque cayó Maduro”.
La frase se vio en un auto en Córdoba después de que la noticia de que Nicolás Maduro había sido capturado por Estados Unidos diera la vuelta al mundo. Detrás de esas palabras está Andrea Casanova, una mujer nacida en Maracaibo, en el estado Zulia.
Andrea contó a eldoce.tv que decidió escribir el mensaje porque no podía dejar de llorar y reír al mismo tiempo. “Sentía que me estaba volviendo loca, nunca me había sentido así”, relató. Esa mañana salió a entrenar y, cuando un vecino la saludó con un simple “¿cómo estás?”, rompió en llanto y risa a la vez. “Pensé que, si me frenaba en un semáforo escuchando música de Venezuela y llorando, nadie iba a entender lo que me pasaba. Entonces les avisé por qué estaba llorando, así no se preocupaban”, explicó.

La mujer lleva 19 años fuera de Venezuela y hace 10 que no regresa. Como muchos exiliados, siente que los venezolanos a veces son invisibles y que pocos comprenden lo que ocurre en su país. Sin embargo, reconoció que hoy hay personas que entienden y acompañan. “Esas son curitas para el corazón”, aseguró.
Contó que llora en los semáforos y también cuando, en la ruta, alguien le toca bocina o le hace una señal de apoyo. “Ahí siento que no estamos solos”, dijo, y adelantó que va a dejar el mensaje en el auto un tiempo más, porque esas lágrimas la van a acompañar algunos días.
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Este fin de semana, Andrea se sintió atravesada por una catarata de emociones. “Lloré como no lo hacía desde hacía 20 años”, confesó. Recordó una frase que acompaña a muchos exiliados: “Estamos bien, gracias a Dios”. Pero ahora, la alegría está atravesada por el miedo: la sensación de que algo está pasando, pero también el temor de que se frene. “Todavía no me permito celebrar, prefiero transitar este momento con cautela”, admitió.
La distancia, el miedo y la esperanza de volver
Parte de la familia de Andrea sigue en Venezuela. “Están llenos de alegría, pero obligados a silenciarla por miedo”, contó. Muchos de sus seres queridos, sobre todo los mayores, permanecen allá. “Esa distancia es una de las cosas que más me duele”, reconoció.
Andrea también habló del impacto de ver tantos mensajes en redes sociales, mientras los venezolanos piensan en los abrazos repartidos por el mundo que esperan recuperar, en el deseo profundo de volver a casa sin miedo y en quienes murieron en el camino y no llegarán a ver ese momento. “Para quienes estamos afuera, muchas veces aparece una culpa silenciosa por no haber podido resistir”, expresó.
A pesar de todo, Andrea siente que lo peor ya pasó. “Hay mucho para agradecer, ahora toca ser pacientes”, dijo. Aunque fue una etapa muy dolorosa, también reforzó valores, dignidad e identidad.
Después de casi dos décadas de exilio, aseguró que por primera vez tiene el corazón lleno de ilusión al imaginar a sus hijos visitando Venezuela, abrazando a su familia y conociendo el lugar donde creció su mamá.
En estos días, intercambió mensajes con una prima que sigue en Venezuela. “Aún no podemos celebrar, o sí, en silencio, de la puerta de nuestra casa hacia adentro. Nuestro corazón explota de alegría y felicidad. Lo mejor está por venir”, le escribió su prima. Andrea respondió: “Pronto nos vamos a dar esos abrazos que nos han robado todos estos años”.



