La escena es cotidiana: la luz apagada, el silencio, y casi sin pensarlo, deslizás la mano debajo del almohadón antes de cerrar los ojos. Es un gesto automático para muchos. Sin embargo, especialistas en conducta de la Universidad de México sostienen que esa elección al acostarse no es tan inocente como parece.
Desde la mirada psicológica, colocar la extremidad bajo el apoyo de la cabeza puede vincularse con una búsqueda inconsciente de resguardo. Ese pequeño “refugio” armado con tela y relleno funciona como una especie de escudo simbólico. Quienes adoptan esta postura suelen necesitar entornos previsibles y tienden a valorar la sensación de control en su vida diaria.
También se asocia con perfiles más introspectivos. Personas reservadas, que no expresan todo lo que sienten con facilidad, encuentran en esa posición una manera corporal de “replegarse”. No implica necesariamente inseguridad, pero sí cierta inclinación a procesar emociones puertas adentro antes de compartirlas.
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En el plano físico, muchos la eligen por pura comodidad. La presión del brazo puede generar una percepción de contención que ayuda a relajarse, sobre todo en momentos de tensión o preocupación. Para otros, simplemente se trata de una costumbre incorporada en la infancia que se repite sin mayor significado profundo.
Ahora bien, ¿conviene mantenerla? Si no genera hormigueo, molestias en el hombro o rigidez cervical, no representa un problema. De todos modos, kinesiólogos y médicos del sueño suelen recomendar recostarse de costado, ya que esa variante favorece la alineación de la columna, mejora la entrada de aire y contribuye al buen funcionamiento digestivo.