El año termina con la sombra de una guerra en Sudamérica, la que sería la primera guerra directa de Estados Unidos en un país sudamericano, subcontinente en el que la Casa Blanca y la CIA urdieron conspiraciones y Golpes de Estado en muchos países, pero el ejército norteamericano jamás había atacado ni desembarcado como tantas veces los hizo en países de América Central y el Caribe.
El despliegue naval que ordenó Trump frente a las costas de Venezuela pone la situación en un callejón sin salida. El presidente de Estados Unidos ha ido demasiado lejos como para regresar con las manos vacías. Y lo único que justifica el punto de tensión al que llegó, es el fin del régimen que encabeza Nicolás Maduro.
A ese final sólo se llega mediante un acuerdo entre el régimen y Washington; o una conspiración interna que produzca el asesinato o derrocamiento del dictador, del número dos del régimen Diosdado Cabello y del general Vladimir Padrino López, o una guerra en la que, con bombardeos quirúrgicos en el mejor de los casos, y con una invasión en el peor, las fuerzas de la superpotencia mundial destruyan al poder político y militar imperante en Venezuela.
El 2025 terminó sin acuerdo negociado para la salida de Maduro, ni conspiración interna que lo asesinase o derrocase, ni ataques quirúrgicos o invasión para destruir el régimen en un campo de batalla.
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Hasta el momento fracasaron los negociadores, la CIA urdiendo complots internos y las acciones militares circunscriptas a las aguas y a un puerto.
Todas han sido acciones confusas. Los bombardeos de embarcaciones, asesinando a sus tripulantes sin verificación previa de que transporten drogas y el bombardeo a los muelles de un puerto en territorio continental de donde habrían partido embarcaciones con cocaína.
La experiencia histórica muestra que las grandes organizaciones narcotraficantes, que es lo que según Trump constituye el régimen chavista y su estructura militar, jamás fueron vencidas con ataques de ese tipo.
En las últimas décadas del siglo 20 el ejército colombiano bombardeó en la selva destruyendo totalmente decenas de laboratorios de elaboración de cocaína del Cartel de Medellín y del Cartel de Cali. También decenas de pistas clandestinas de donde despegan las avionetas que transportan drogas a Estados Unidos, sin que tales golpes debilitaran a las grandes mafias narcos. Fue la muerte de Pablo Escobar, acribillado por la policía, lo que debilitó al Cartel de Medellín, y fue la captura de los hermanos Rodríguez Orejuela lo que inició el declive hasta la extinción del Cartel de Cali.
Si en Venezuela impera un narco régimen, los blancos de quién le declaró la guerra al narcotráfico deben ser las cabezas y los centros del poder político y militar. Hundir lanchas asesinando a sus tripulantes y bombardear dársenas en un puerto sólo sirven, y no de mucho, para amedrentar al régimen.
Ni siquiera eso ha logrado Trump, hasta el momento. La negociación ni siquiera incluye el fin de todo el régimen, sino la salida de Maduro y su familia. Y lo que impide el acuerdo es que el dictador venezolano pide es una inmunidad global, para que abandonar Venezuela no lo deje encerrado en Rusia, o Cuba o el país que lo acepte en su territorio, sino que pueda viajar libremente por el mundo.
De lo hecho hasta ahora, lo único que podría tener sentido es el bloqueo petrolero. De hecho, tras la captura de varios buques cisterna que transportaban petróleo de PDVSA a países compradores, el régimen empezó a cerrar pozos de extracción porque se le agota la capacidad de almacenamiento en tierra.
Pero hay una carta en la manga que Maduro debe estar intentando jugar: que China ponga la bandera de la híper-potencia asiática en los buques petroleros. De ese modo, cuando las naves norteamericanas los capturen, Estados Unidos estará entrando en conflicto directo con la República Popular China. Eso hizo Estados Unidos para salvar al Irak de Saddam Hussein de la derrota frente al irán del ayatola Jomeini en la década del 80.
Los iraníes, con sus lanchas rápidas artilladas, estaban bloqueando la salida de los cisternas con el petróleo iraquí de exportación desde la Península de Fao. De ese modo, Irán estaba apretando la yugular económica iraquí y a punto de ganar la guerra, cuando Estados Unidos decidió poner la bandera norteamericana a los buques petroleros de Irak. A partir de ese momento, el petróleo iraquí pudo atravesar el Golfo Pérsico rumbo a los países compradores y la guerra, que estaba por perder Irak, terminó en un empate tras ocho años de contienda bélica.
A China le conviene el petróleo venezolano, porque lo paga baratísimo. En los primeros tramos del 2026 se verá si se atreve a embanderar los cisternas venezolanos. Sí lo hace, Trump deberá decidir si se anima a capturar barcos con riesgo de choque directo con China, o si deja de lado el intento de asfixia económica para entrar en la guerra lisa y llana contra el régimen de Maduro.
Las otras alternativas son la salida negociada del dictador venezolano, pero no el fin total del régimen, o que la flota desplegada en el Caribe de media vuelta y regrese a sus bases en los Estados Unidos, lo que implicaría una capitulación bochornosa para el jefe de la Casa Blanca.