Las “pacificaciones” nunca terminar de pacificar. En cada caso en el que el presidente norteamericano impuso negociaciones haciendo firmar acuerdos y fotografiándose entre los líderes firmantes como si fuera el artífice de la finalización del conflicto, las acciones bélicas recomenzaron antes de que se disipara el humo de las últimas batallas.
Camboya y Tailandia llevaban semanas combatiendo en una zona fronteriza donde mantienen viejos litigios desde el final del colonialismo europeo. La frontera de más de 800 kilómetros que trazó Francia en 1907, tiene muchos puntos que no son claros y se encuentran en una zona plagada de antiguos templos budistas de gran valor para ambas naciones. Sobre todo el templo Preah Vihear, construido en el siglo XI por una dinastía khemer, lo cual sitúa su origen en Camboya, país al que la Corte Internacional de Justicia le reconoció la propiedad en 1962, pero sin convencer a Tailandia, país que lo considera propio y lo llama Khao Phra Viharn.
En julio, Trump sentó a las partes en una mesa de negociación, prometiéndoles acceso al mercado norteamericano si firmaban la paz y castigos arancelarios si no lo hacían. No hubo ninguna negociación conducida por el presidente norteamericano como mediador. Sólo la orden de sentarse y firmar. Eso le dio la foto sonriente y flanqueado por los primeros ministros camboyano, Hun Manet, y tailandés, Anutin Charnvirakul. Una más para el álbum que envió al comité noruego que entrega el Nobel de La Paz.
+ MIRÁ MÁS: El premio a María Corina Machado que impacta contra Nicolás Maduro
Pues bien, pocas semanas después volvieron los enfrentamientos armados, con muertos y heridos en ambos bandos, y con fuertes desplazamientos de poblaciones de la zona de conflicto.
Ni falta hace decir que su accionar para poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania no ha logrado absolutamente nada, además de resultar una bochornosa jugada para favorecer a Vladimir Putin haciendo capitular a los invadidos ucranianos. Por el contrario, lo que está haciendo el jefe de la Casa Blanca es configurar la realidad que convertirá a toda Europa en escenario de una apocalíptica tercera guerra mundial contra el imperio expansionista ruso.
También había impuesto la firma de un acuerdo de paz entre la guerrilla congolesa-ruandesa M-23 y su patrocinador, el gobierno de Ruanda, con el gobierno del Congo. Mucha firma y mucha foto con Trump posando de pacificador, para una tregua que duró un suspiro, porque la guerrilla apoyada por el ejército ruandés reinició las acciones bélicas en la región de Kivu, el oriente del Congo.
No parece muy distinto el caso de la Franja de Gaza, donde tras el cese del fuego impuesto por Trump, Israel continuó sus bombardeos, Hamas sigue sin entregar las armas y aparecieron milicias armadas y financiadas por los israelíes para que combatan contra los yihadistas que aún controlan buena parte del territorio devastado.
Las paces fallidas de Trump son la regla y aún falta la paz que se consolide, para que haya una excepción. Lo que está claro es la inutilidad de convertirse en un negociador serial interviniendo en numerosos conflictos como mediador, cuando lo que se quiere es sumar puntos para ganar el Nobel de la Paz.



