Te escuché atentamente en el estudio de Arriba Córdoba. A medida que te ibas expresando y contando todo lo que tu familia atravesó durante estos casi 20 años —y lo que significó el jury a los tres fiscales que finalmente fueron destituidos por su pésimo accionar y también por su inacción en la causa por la muerte de tu mamá— sentí que algo adentro mío se iba estrujando.
Intentaba imaginar cómo se viven dos décadas con una historia así sobre los hombros. Cómo se sobrevive a tanto dolor, tanta exposición y tanta injusticia.
Porque además del horror irreparable de perder a tu mamá, hubo una Justicia que demasiadas veces pareció más preocupada por sostener teorías que por encontrar la verdad. Y hubo también una parte de la prensa que muchas veces convirtió el dolor ajeno en espectáculo. Que confundió informar con invadir y análisis con morbo.
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Después de la entrevista me acerqué a decirte que admiro profundamente tu valentía. Luego, para descomprimir un poco, te dije que estaba enamorada de tu voz y de tu manera de hablar. Y siento que, más allá de tu calidez y de tus formas serenas, fue siempre muy importante todo lo que expresaste y luchaste desde la palabra. Porque esa voz tuya también se convirtió en la voz de tu madre. Y en la voz de tantas mujeres que todavía siguen esperando justicia.
Hay algo profundamente admirable en no dejar que tanta injusticia te vuelva duro. En seguir hablando con serenidad después de haber vivido bajo sospechas, versiones y miradas durante tantos años.
Ojalá todo esto también sirva para que el periodismo y la Justicia revisen sus propias prácticas.
Ojalá alguna vez vos, tu papá, tu hermana y la sociedad toda sepa quién mató a Nora Dalmasso.
Con respeto.



