Cada vez que los iraníes se atreven a ganar las calles y enfrentar la represión de la dictadura religiosa, asoma desde los Estados Unidos Reza Pahlevi hijo.
El príncipe que no pudo heredar el trono que su padre perdió en 1979 a manos de la revolución islámica, intenta ahora liderar la era pos-ayatolas que se insinúa cada vez que algún exceso y error grave de la teocracia chiita provoca la indignación de las masas.
En el 2022 fue la muerte de una joven kurda de 22 años a manos de la Policía de la Moral y ahora la abrupta devaluación del rial, la moneda iraní, empobreciendo aún más a una sociedad fatigada por el fanatismo de sus gobernantes.
En esta ocasión, el hoy sexagenario que abandonó su país con 19 años, juntos con sus padres, el Sha Reza Pahlevi y la emperatriz Farah Diba, no propone la restauración del trono persa, sino encabezar un gobierno laico que cree una república secular. Lo cual sería beneficioso para una sociedad que lleva décadas sometida por una dictadura del oscurantismo religioso. Pero en los mismos mensajes a los iraníes, Reza pahlevi dedica unas líneas a Trump y a Netanyahu: dice que ni bien asuma el poder hará que Irán reconozca al Estado de Israel y desmantelará el proyecto nuclear.
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Aunque ambas acciones puedan resultar positivas, no hay mucha dignidad y decoro en ofrecerse como un interventor externo, bajo el mando del jefe de la Casa Blanca y del primer ministro israelí. Porque eso está intentando el príncipe sin reino: ser el elegido de dos potencias extranjeros, antes que de su propio pueblo.
El otro problema de este aspirante a suplantar al ayatola Alí Jamenei, es su apellido y procedencia. La dinastía Pahlevi fue entreguista, corrupta y brutalmente represiva. Se originó en el golpe de Estado apoyado por el MI-6, la inteligencia exterior británica, derribando al rey Ahmad Qayar. Aquel golpe ocurrió en 1921 y lo encabezó el comandante de la Brigada Cosaco-Persa, Reza Jan.
Ese militar inventó el apellido Pahlevi para denominar una dinastía también inventada por él, cuando se proclamó sha, o sea emperador. Imperó con buenos resultados en varios ámbitos, pero al quedar expuesta en los años 30 su admiración por Hitler y su intención de acercar Irán al eje nazi-fascista, una doble invasión británica y soviética lo sacó del poder. Londres logró que fuese en forma de abdicación a favor del hijo del sha derrocado: Mohamed Reza Pahlevi.
El nuevo sha pronto defraudó a la nación iraní para satisfacer al Reino Unido. Fue parte de la conspiración que derrocó al primer ministro Momhamad Mosaddeq, un político laico y nacionalista que llegó al gobierno por las urnas y nacionalizó el petróleo, chocando de lleno contra los intereses de la poderosa Compañía Anglo-iraní.
El MI-6 y la CIA se confabularon con los auspicios del Sha para perpetrar ese golpe de Estado que marcó el comienzo de la deriva que desembocó en la revolución islamista del 1979.
Ocurre que, tras derrocar a Mosaddeq y encarcelar y exiliar a las dirigencias políticas laicas, Mohamed Reza Pahlevi impuso la occidentalización forzosa de la cultura, usos y costumbres de la sociedad musulmana que presidía. De ese modo generó que, al vacío que dejó las decapitadas dirigencias laicas, lo llenara una oposición religiosa: los ayatolas fundamentalistas.
De esa tragedia intentan salir hoy los iraníes, afrontando una represión aún más criminal que las anteriores. Y el que se asoma para liderar la rebelión popular lleva un apellido cargado de sombras muy oscuras: Pahlevi.