Es apretar la yugular energética de Cuba. Eso implica lo anunciado por Donald Trump. Si para evitar los aranceles que anunció el jefe de la Casa Blanca para quienes exporten petróleo a la isla, México suspende los envíos ya pactados y actúan del mismo modo los otros países que proveen de crudo a la Mayor de las Antillas, en menos de un mes la languideciente economía cubana terminará de asfixiarse.
Siempre se discutió si las medidas aplicadas por Washington desde la segunda mitad del siglo 20 constituyen un embargo, como dice Estados Unidos, o un bloqueo, como dice el régimen cubano. Pero las medidas de Trump no parecen dar lugar a este debate. Cuba queda bloqueada e imposibilitada de dar electricidad y transporte a sus ciudadanos.
La historia de las sanciones norteamericanas a Cuba se inicia antes de la llegada de Fidel Castro al poder. En 1958, Eisenhower prohibió que se vendieran armas a la dictadura de Fulgencio Batista, lo cual colaboro con el triunfo de los revolucionarios al año siguiente. Pero en 1960, en respuesta a la nacionalización de empresas norteamericanas efectuada por Castro, Estados Unidos inició el embargo comercial. La ley Helms-Burton endureció las trabas al comercio en 1996, como respuesta al derribo de dos aviones de la organización de cubanos exiliados Hermanos al Rescate, que volaban en los bordes del límite marítimo.
El régimen castrista ya padecía las calamidades que le produjo el llamado “Período Especial”, empobrecimiento abrupto y agudo de la sociedad por la desaparición de la Unión Soviética y su consecuencia: el cese de los subsidios y asistencia petrolera de Moscú a la isla.
El primer gobierno Trump puso fin a la suavización de las sanciones que había acordado Obama con Raúl Castro para que prospere la iniciativa privada. Y ahora anuncia lo que suena como tiro de gracia sobre una economía en estado de coma.
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La pregunta que se hacen muchos es por qué no ordena una operación como la que capturó a Nicolás Maduro y lo sacó de Venezuela. Las razones son varias. Principalmente, porque la CIA no ha logrado infiltrar al régimen cubano para generar una conspiración interna que les dé vía libre para ejecutar la operación con éxito asegurado y con plan para la etapa posterior a la decapitación del régimen. Eso había logrado la CIA en Venezuela. Logró que una parte importante del régimen chavista, encabezado por Delcy Rodríguez, traicionara a Maduro y lo entregara a cambio de que se les permita seguir en el poder.
Además, Maduro era mucho más representativo del chavismo que Miguel Díaz Canel del castrismo. Fue el mismísimo Hugo Chávez quien, en la antesala de la muerte, ungió a su ex canciller y entonces vicepresidente como el heredero de su poder y su liderazgo.
Díaz Canel es un elegido de Raúl Castro pero resulta inconcebible que el hermano de Fidel acepte regresar a la presidencia pero esta vez como títere de Washington.
Una operación en Cuba como la que se ejecutó en Caracas, tendría que capturar a Raúl Castro, a Díaz Canel y a una decena de miembros de la nomenclatura que no pudieron ser convertidos por la CIA en conspiradores al servicio de la Casa Blanca. Cualquiera de los podría reemplazar a Díaz Canel sin convertirse en una versión cubana de Delcy Rodríguez.
Por eso la opción elegida en el gobierno norteamericano es, por el momento, apretar la yugular energética de la isla hasta producir el estrangulamiento total de su débil economía, lo cual provocaría la muerte de régimen.




