Kant explicó que “no somos ricos por lo que poseemos sino por lo que podemos prescindir”. Una afirmación no sólo acética y humanista, sino también profundamente inteligente; digna del brillante filósofo alemán que escribió la Crítica de la Razón Pura. La dimensión de todas las posesiones de las que una persona pueda prescindir habla de la verdadera dimensión de su riqueza. Pero no es eso lo que piensan y difunden como valor los megamillonarios que amasaron sus fortunas en el terreno de la tecnología de avanzada. Por el contrario, trabajan sigilosos para que la democracia liberal sea reemplazada por plutocracias encabezadas por CEOS de empresas tecnológicas.
A esta altura de la historia, el Estado de Derecho tiene un enemigo que ya no es el marxismo ni el fascismo ni el absolutismo monárquico, sino el pensamiento que se incuba en la llamada “dark enlightenment”: la Ilustración Oscura.
En las actuales olas neo-reaccionarias se unieron estrategas ultraderechistas como Steve Bannon, impulsor de la Alt Rigth, blogueros como Curtis Yarvin, autor de la desopilante afirmación de que la norteamericana es “una democracia fallida”, y el multimillonario Peter Thiel, el gran promotor de que el poder quede en manos de las elites innovadoras, apuntado a convertirse en el enemigo número uno de la democracia liberal.
+ MIRÁ MÁS: El mensaje contra Trump en la final del Super Bowl
El fantasma de Platón ronda por el Silicon Valley. En las páginas de La República, aquel gran filósofo de la polis ateniense planteó como sistema político ideal lo que llamó Sofocracia: el cratos (poder) en manos del sofos (conocimiento), o sea el gobierno de los filósofos o de reyes guiados por filósofos. En aquella antigua idea platónica están los rasgos de un totalitarismo filantrópico basado en el gobierno de los que poseen el conocimiento.
En su difundido ensayo The Education of a Libertarian, Peter Thiel afirmá que, así como el 11-S demostró la incompatibilidad de libertad y seguridad en la nueva realidad que plantea el terrorismo, la realidad está demostrando que “la libertad y la democracia son incompatibles”. Un rapto de franqueza que deja a la vista lo que otros libertarios, como Javier Milei, ocultan: la democracia liberal debe ser reemplazada porque es necesario “apartar a las mayorías de las decisiones de gobierno”.
Thiel nació en Alemania y desarrolló su pensamiento en estados Unidos, donde amasó una fortuna creando el sturtup que provee análisis masivo de datos y también vigilancia predictiva al Pentágono, la CIA y el ICE, o sea es una eslabón en lo que, parafraseando al presidente Eisenhower cuando denunció la existencia de un poder oculto al que llamó “complejo militar-industrial”, hoy se denomina “complejo militar-digital”.
Thiel es de las mentes que entendieron hace tiempo que el poder ya no se basa en los arsenales armamentísticos, sino en los algoritmos. Por esos sus fondos de inversión apoyaron desde la etapa embrionaria a empresas como Facebook.
A diferencia del libertarismo primario, en su libro De Cero a Uno, Thiel casi que deja de lado la obsesión por el libremercado, para centrarse en la necesidad de impulsar “monopolios creativos” que impongan el progreso vertical de la tecnología.
+ MIRÁ MÁS: La incontinencia barbárica de Trump
Como buen discípulo del filósofo francés René Girard, el autor de la Teoría del Deseo Mimético, en la que sostiene que “el hombre es una criatura que no sabe qué desear y recurre a los demás para decidir, imitando los deseos de los otros”, Peter Thiel defiende un libertarismo económico que es socialmente darwiniano y plantea que el poder debe estar en manos de los más brillantes en materia de innovación y deben gobernar sin trabas burocráticas, jurídicas y políticas. Idea que lo llevó a proponer la creación de Seastead, ciudades flotantes en las que no rigen las leyes nacionales, proyecto de colonización del mar apuntado exclusivamente a la eliminación del Estado de Derecho y de cualquier tipo de institucionalidad estatal existente.
Thiel entiende que el poder ya no se basa en las armas sino en los algoritmos.
Esas ideas pos-democráticas son las que gravitan sobre la ola neo-reaccionaria que en estas décadas está jaqueando la democracia occidental.