En Corea del Norte impera una curiosidad histórica y política: la única monarquía dinástica de ideología marxista y sistema colectivista de planificación centralizada, el viejo modelo económico leninista que murió en los 15 países que integraban la Unión Soviética y en los estados europeos que integraron el Pacto de Varsovia, además de ser desmantelado en China, Vietnam, Yemen y Angola, mientras lleva años agonizando en Cuba.
Claro que el marxismo-leninismo norcoreano fue mezclado con la Doctrina Juche, creada por el fundador del estado asiático con el objetivo de divinizarse a sí mismo ante un pueblo convertido en feligresía fanática. Esa mezcla de ideología secular y culto personalista de carácter esotérico, explica la longevidad de un régimen estrambótico, además de ser ficha y casillero en los tableros geopolíticos de China y Rusia.
Kim Il-sung fue declarado constitucionalmente “presidente eterno” de los norcoreanos cuando murió, y dejó el vértice de la cúpula terrenal del poder en manos de su hijo, Kim Jong-il, quien en los últimos años había aparecido constantemente acompañando a su padre en los actos oficiales.
Ese modo quedó establecido para anunciar al heredero del trono: el hijo ungido comienza a estar presente apareciendo junto a su padre. De ese modo, el rostro del sucesor comienza a instalarse en la mente del pueblo, para que lo asuma mansamente, como concreción de la voluntad del líder-deificado eterno. Ergo, el dios que desde su dimensión celestial premia y castiga a quienes cumplan e incumplan su voluntad.
Lo mismo hizo Kim Jong-il para ir preparando su sucesión dinástica. La diferencia es que no eligió a su primogénito, quien había quedado bajo sospecha de disidencia por una serie de actitudes, entre ellas haber salido clandestinamente del país, a donde regreso cuando lo deportó Japón por portar documentos falsos.
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Kim Jong-nam no sólo perdió el rango de sucesor aún siendo el primogénito. Cuando murió su padre y su hermano menor se convirtió en líder absoluto, Kim Jong-nam se fue del país y se convirtió abiertamente en disidente. La consecuencia fue su asesinato, en el aeropuerto de Kuala Lumpur, en una operación seguramente planeada y financiada por Kim Jong-un.
A partir de entonces, para menguar la imagen de Caín fraticida, el líder que ya había hecho ejecutar a su tío y regente del trono Jong Song-thaek, comenzó a aparecer en los actos oficiales junto a su hermana Kim Yo-jong.
El asenso vertiginoso de esa joven mujer hasta el rango de subdirectora del poderoso Departamento de Propaganda y Agitación del Partido del Trabajo (partido comunista) y su presencia junto al líder absoluto, mostraba claramente por primera vez una mujer como probable futura líder absoluta.
Ri Sol-ju, la esposa de Kim Jong-un, apenas había aparecido en público un par de veces, en cambio su cuñada era la acompañante permanente, incluso quien cumplió misiones oficiales en el exterior representando a su hermano.
Pero desde hace tiempo, Kim Yo-jong ha vuelto a la invisibilidad y, junto al líder de poder absoluto en el país más hermético del mundo, comenzó a aparecer en los actos oficiales y en las pruebas de misiles balísticos Kim Ju-ae, una niña cuya edad no se sabe pero en el momento de su aparición se le calculaban once o doce años.
Hoy, los servicios de inteligencia surcoreano le calculan trece años, y esa edad hace más sorprendente la otra revelación que hizo ese aparato de espionaje: Kim Jon-un ya tomó la decisión, aceptada por la nomenclatura norcoreana, de ungir a su hija como la sucesora en el trono más desopilante del planeta.