Nadie en el mundo se sorprendió con la noticia. Seguramente, aunque los rusos no puedan demostrarlo, tampoco en Rusia sorprendió a nadie con la acusación conjunta de los gobiernos británico, francés, alemán, sueco y neerlandés. Tras largas investigaciones en laboratorios de esos países europeos, principalmente en el Reino Unido, sobre tejidos de piel de Alexei Navalny, la ciencia probó que el máximo exponente de la disidencia rusa fue asesinado en la prisión del Ártico donde se encontraba cumpliendo una pena de 19 años.
¿Cómo se perpetró el magnicidio? Infectando con una toxina mortal que resulta casi imperceptible y se extrae de una rana venenosa que habita la selva ecuatoriana y otros rincones amazónicos.
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Navalny había cometido el mortal error de regresar a Rusia desde Alemania, donde recibió los tratamientos médicos que salvaron su vida del envenenamiento con el poderoso agente químico Novichoc que había sufrido en Siberia en el 2020.
La entonces canciller Ángela Merkel logró sacarlo de Rusia para que sea atendido en Alemania, donde lo salvaron. Pero al año siguiente, el abogado moscovita que creó una fundación para luchar contra la corrupción y denunciaba los negociados que enriquecieron a Putin y su entorno, decidió regresar a Rusia para seguir enfrentando al asesino serial que impera desde el Kremlin.
Fue arrestado ni bien aterrizó en Moscú; juzgado sin posibilidades reales de defenderse y condenado por “extremismo”. Cuando en febrero del 2024 apareció muerto en su celda, a los 47 años, todos pensaron en otro asesinato ordenado por el líder ruso.
Pero a Vladimir Putin lo asiste el margen de duda que siempre puede existir en torno a un crimen. Siempre es posible que tal o cual muerte haya sido accidental, natural u ordenada por alguien que no sea el jefe del Kremlin. Pues bien, ese margen de dudas se diluyó en el laboratorio británico en el que descubrieron la toxina proveniente de una rana amazónica. Y si Navalny fue envenenado en una cárcel de máxima seguridad, la orden sólo pudo provenir de quien es el dueño absoluto del poder en Rusia: Vladimir Vladimirovich Putin.
La lista de críticos, de denunciantes y de enemigos del líder que fueron eliminados con venenos indetectables o cayeron de balcones o en “accidentes” aéreos o acribillados a balazos, es lo suficientemente extensa como para acusar a Putin de ser un asesino serial.
Por los artículos de investigación periodística mostrando autoritarismo y corrupción en el Kremlin fueron asesinados los periodistas Anna Politkóvskaya, Natalia Estemirova, Yuri Shchekochikhin y Vladimir Sungorkin.
Por tras haberse convertido en enemigo de Putin y denunciar la infiltración militar que secretamente se estaba llevando a cabo contra Ucrania, fue baleado cerca de la Plaza Roja el ex viceprimer ministro Boris Nemtsov.
Los ex espías Alexander Litvinenko y Serguei Sripal fueron envenenados, aunque el segundo sobrevivió.
También murieron misteriosamente tras enfrentar a Putin los ricos empresarios Boris Berezovsky, Nikolay Glushkov, Iván Pechorin y Ravin Maganov.
La lista continúa hasta los últimos resonantes casos: Yevgueny Prigoshin, el vendedor de sándwich de San Petersburgo que amasó una fortuna con Putin como socio oculto, creó la empresa de mercenarios Wagner y luchó en Ucrania junto a los invasores rusos, hasta que se rebeló contra el generalato y acabó muriendo en el 2023 al caer el avión en el que se dirigía hacia Moscú.
Poco después, el mundo se enteraba de la muerte de Navalny. Y ahora sabe, sin margen de dudas, que fue envenenado con la toxina de una rana y que la orden sólo pudo salir del despacho principal del Kremlin.