Alí Hosein Jamenei fue el dueño casi absoluto del poder durante los últimos 36 años. El obstruyó los gobiernos y las legislaturas del Majlis (parlamento) encabezados por moderados y reformistas, como Mohamed Jatami y Mir Husein Mousavi. Les bloqueó todas las reformas y aperturas que intentaron hasta debilitarlos totalmente. Eran presidentes y parlamentarios elegidos en las urnas, pero en la cúspide del poder estaba el ayatolla que tenía la decisión final sobre todo lo que ocurría en Irán.
Jamenei fue discípulo de Ruholla Jomeini, el líder de la revolución que destronó al sha Reza Pahlevi y proclamó la República Islámica. De su maestro aprendió la Wilayat el-Faquí, la idea de gobierno religioso que profesa el chiismo duodecimano.
En los estudios coránicos y sobre la prédica del profeta Alí Bin al Taleb, primero y yerno de Mahoma que se reveló contra los Omeyas e impulsó el chiísmo, Jamenei llegó al grado Maryá, que significa “fuente de emulación” y se dice de los religioso que son modelos a seguir por la umma (comunidad de fieles). También llegó a ser Alfaquí (experto en la sharía, ley coránica) y militó en la disidencia contra la monarquía persa desde que Pahleví conspiró con el MI-6 y la CIA para derrocar a mediados de los años ’50 a Mussadeq, primer ministro laico y nacionalista que nacionalizó el petróleo para que Londres no siguiera llevándoselo a precio de ganga.

Con aquel golpe de los aparatos de inteligencia británico y norteamericano en coordinación con el shá, la monarquía se convirtió en tiranía y eliminó todos los partidos seculares, que eran nacionalistas, centristas e izquierdistas. De ese modo, al frente de la oposición a la tiranía del Shá quedó el clero chiita.
Cuando la revolución derribó a Pahlevi en 1979, Jamenei estaba cerca de Jomeini. Por eso llegó a la presidencia en el 81, luego de que cayera el primer ministro moderado Mahi Barsagán, quien había intentado recomponer las relaciones con las potencias occidentales pero fue saboteado por el propio ayatola Jomeini propiciando la toma de la embajada norteamericana en Teherán.
Jamenei ocupó la presidencia hasta el 89, cuando Jomeini murió y él se convirtió en el nuevo líder máximo de la nación.
La era Jamenei modificó el eje central de la política regional de Jomeini. El creador de la teocracia chiita tenía como prioridad impulsar una cadena de revoluciones chiitas que derribaran en los países árabes a los gobiernos laicos y las monarquías suníes. Con Jamenei como máxima autoridad de la revolución islámica, la prioridad fue la destrucción total de Israel, para erradicar el estado judío. De ese modo, Jamenei convirtió a Irán en el archienemigo de Israel. El enemigo existencial, porque se proponía la eliminación de ese país nacido en 1948.
Con ese fin, le encargó al general Qassem Soleimani que creara el “eje de la resistencia”, armando y fortaleciendo a Hezbollá en Líbano, Hamas en Gaza, milicias chiitas en Irak y Siria, y los houtíes en Yemén. También propició la implantación de Hezbolla en Sudamérica para realizar ataques como las dos masacres cometidas en Argentina. Y creó fuertes vínculos con Hugo Chávez, Evo Morales y Daniel Ortega.
Para eso se valió del presidente más oscurantista y fanático que tuvo la República Islámica: Mahmud Ahmadinejad. Otro de los dirigentes allegados al régimen de los ayatollas que murió por los bombardeos del sábado.



