Cuando en 1979 estalló la primera guerra del Golfo Pérsico, se pensó que la recién nacida República Islámica que lideraba el ayatola iba a ser rápidamente derrotada por Irak. Saddam Hussein comenzó aquella guerra invadiendo territorios en litigio en el estuario del Shat el-Arab. Su ejército tenía sobrado stock de fusiles Kalashnikov, armas recibidas de occidente, nutridas divisiones de blindados y escuadrones de cazabombarderos soviéticos Mig-21 y Mig-23. En cambio el ejército iraní estaba destartalado, la infantería tenía fusiles Mauser de la Primera Guerra Mundial y carecía de fuerza aérea. Pero a cada soldado iraní que marchaba al frente los clérigos le colocaban en el cuello una llave colgando de una cadenita y le decían que era la llave del cielo donde Alá y el profeta los esperaban para premiarlos por su coraje en el combate.
La guerra que Irak iba a ganar en pocas semanas, se prolongó ocho años y acabó en un empate. El fanatismo religioso es un factor influyente. Lo demostró aquella guerra fatídica y ahora sobrevuela como una amenaza sobre las fuerzas israelí y norteamericana que encabezan la embestida contra la teocracia chiita.
Por cierto, también resulta amenazante el enigmático arsenal iraní. ¿por cuánto tiempo puede Irán seguir lanzando misiles a tantos países al mismo tiempo? ¿cuál es el sentido de una estrategia que consiste en sumar enemigos sin conseguir aliados? La lógica de una apuesta tan desconcertante podría estar ligada a la disponibilidad de misiles balísticos, drones Shahed-136 y proyectiles guiados para seguir lanzando a israelíes, árabes, buques norteamericanos y rincones europeos, como la isla de Chipre, donde se encuentra una importante base del Reino Unido.
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Probablemente, el cálculo iraní es que entre estar en una guerra abierta con Israel y Estados Unidos, y estar en una guerra contra esas dos potencias militares y también contra una decena de países árabes que fueron empujados por Teherán a la trinchera enemiga, no hay una diferencia significativa. Por lo tanto, la estrategia iraní podría ser generar un caos bélico tan grande y grave, que obligue a potencias como China, India y algunos países europeos a presionar a Trump para que le ponga fin al conflicto que está afectando gravemente a la economía global.
Es el único sentido que puede tener bloquear el estrecho de Ormuz, impactando contra China, que es país que compra el 80 por ciento del petróleo iraní. Si la economía global entra en estado catatónico, con saltos estratosféricos del precio internacional del crudo, serán muchas las voces poderosas que tronarán exigiendo al jefe de la Casa Blanca que ponga fin al conflicto. Se trata de una estrategia casi suicida, como sansón derribando las columnas del templo filisteo para que mueran su enemigos en un derrumbe que también lo matará a él. Pero tiene una lógica, la presión del buena parte del mundo y de los norteamericanos para que acabe pronto un conflicto al que la mayoría en la sociedad de Estados Unidos se opone.

Esta guerra no es lo mismo para los israelíes que para los norteamericanos. Cuando en 1989 Alí Hosein Jamenei se convirtió en el nuevo líder máximo tras la muerte del ayatolla Ruholla Jomeini, cambió la prioridad en la política exterior iraní. Jomeini odiaba a Israel y a Estados Unidos, país al que llamaba el Gran Satán y al que le ocupó la embajada durante casi un año. Pero la prioridad principal de su liderazgo era generar una ola de revoluciones encabezadas por las comunidades chiitas de los países árabes para derrocar a las monarquías suníes y a los gobiernos seculares, que también eran sunitas.
Con Jamenei como líder, la prioridad del régimen fue la destrucción de Israel. Por eso, cumpliendo órdenes del ayatola abatido el sábado, el general Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Qud, armó el llamado “eje de la resistencia”, empoderando militarmente al Hezbolla en el Líbano, a Hamás en la Franja de Gaza y a los houtíes en Yemen.

Se entiende que los israelíes quieran que acabe el régimen que se ha propuesto destruirlos. Pero ese no es el caso de los Estados Unidos. Una cosa es defender a Israel y otra muy distinta es seguir a Netanyahu a cuanta guerra genere.
Por eso el generalato iraní parece haber calculado que la mayor chance. de sobrevivir que tiene el régimen, está en incendiar Oriente Medio y sus alrededores, y hundir la economía global en un caos infernal.



