“Cobardes”, bramó el jefe de la Casa Blanca contra los líderes de la OTAN. A su estallido de ira volcánica lo causó la negativa de Europa y Canadá a cumplir con el pedido que les había hecho: enviar buques de guerra al estrecho de Ormuz para ayudar a los navíos norteamericanos a romper el bloqueo establecido por Irán.
El primer llamado que les hizo para otra cosa que no era para presionarlos, exigirles o denostarlos, Donald Trump encontró las tempestades que desataron los vientos que lleva años sembrando para destruir las históricas alianzas militar, económica y política que fue tan exitosa durante casi un siglo.
Tampoco Australia y Japón le responden como él necesita. Quien tiene que cuadrarse y decir “yes sir” a lo que le pida Trump es Javier Milei.
Por razones turbias, Carlos Menem se cuadró cuando George Herbert Walker Bush le pidió sumarse a la operación para liberar Kuwait de la invasión iraquí ordenada por Saddam Hussein. Allá fueron las fragatas Spiro y Almirante Brown. Pero hay una diferencia notable. Aquella fue una coalición internacional inmensa que actuó con mucho consenso del mundo. En cambio la guerra actual es cosa de Trump vaya a saber por qué razón y, por razones más entendibles, de Benjamín Netanyahu, cuyos país lleva casi medio siglo amenazado por los ayatolas persas de ser “borrado del mapa” del Oriente Medio.
Milei obedece porque Trump lo salvó de una derrota electoral cantada al anunciar un salvataje megamillonario y luego enviar un mensaje extorsivo a los votantes argentinos: si los candidatos del presidente pierden esta elección de medio término, olvídense de nuestro salvataje económico.
A esa deuda política se suma la admiración que Milei le profesa y declara todo el tiempo al magnate neoyorquino. Por eso está situando el país en la trinchera de Trump; esa en la que Europa y la OTAN rechazan ingresar, negándose también a verse arrastrados a ese conflicto otros viejos aliados de Washington, como Australia y Japón.
Hablando en nombre de la alianza atlántica, Europa y Canadá le recordaron al presidente norteamericano que desde el primer ataque consideraron que esta guerra transgrede límites establecidos por el derecho internacional. Le reprocharon, además, no haber sido consultados ni tenidos en cuenta por Washington cuando tomó esa decisión.
El primer ministro británico fue muy explícito en el rechazo, aunque en los últimos días le hizo la concesión de permitir el uso de las bases en el Reino Unido para que despeguen los aviones estadounidenses que participan en el conflicto, algo que rechazaron los demás países europeos incluida la italiana Giorgia Meloni, quien de los mandatarios europeos, después del húngaro Victor Orban y el eslovaco Robert Fico, es la gobernante europea más identificada ideológicamente con Donald Trump.
El británico Keir Starmer, el francés Emmanuel Macron, el canadiense Marc Carney y ni que decir el español Pedro Sánchez, han sido denostados innumerables veces por el jefe de la Casa Blanca que ahora les pidió que se involucren militarmente en la guerra que inició sin haberlos consultado. Trump pide a diestra y siniestra que los países envíen navíos de guerra a desbloquear esa yugular del petróleo y el gas que el régimen chiita persa está estrangulando para que la crisis energética incremente las presiones sobre Washington y lo haga poner fin al conflicto sin que la teocracia iraní haya sido destruida ni se haya rendido.
Hasta el momento esa estrategia está logrando su cometido: prolongar una guerra cuya duración es directamente proporcional a la erosión política interna y externa de Donald Trump.
Esa erosión ya se está sintiendo no sólo en las encuestas, explícitas mostrando el rechazo en la sociedad, sino en el Partido Republicano, en sus senadores y representantes y en el mismísimo movimiento MAGA, que expresa al ultratrumpismo.