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Recuerdos del Golpe Militar de 1976

La intervención de un importante medio de comunicación y de un amigo militar me salvaron la vida durante la dictadura.

Por Raúl Faure
24 de marzo 2026, 13:11hs
La ex D2, hoy Archivo provincial de la Memoria.
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I.

Como aconteció con muchos de los “golpes” producidos a lo largo de nuestra historia reciente, el que se produjo el 24 de marzo de 1976 no fue sorpresivo y hasta contó con el respaldo de buena parte de la población.

El gobierno peronista - tanto el nacional conducido por la viuda del Gral. Perón como el provincial intervenido desde 1974 por los sectores fascistas del peronismo - carecía de apoyo popular y cosechaba los amargos frutos del plan económico conocido como “rodrigazo” por el apellido del ministro de Economía que había devaluado el peso y aumentado el precio de los servicios públicos.

Al mismo tiempo, gran parte del territorio se había transformado en un campo de batalla. Día a día se conocían los daños provocados por acciones terroristas cometidas por agrupaciones guerrilleras y por fuerzas para-policiales del propio gobierno, agrupadas en una banda de criminales llamada “Triple A”.

Ya en diciembre de 1975 hubo una señal anticipatoria del “golpe” que se produciría poco después. Un sector de la Fuerza Aérea se amotinó y el Ejército intervino para someter a los insurrectos.

II.

Finalmente, el “golpe” que se esperaba se dio el 24 de marzo de 1976. A diferencia de los precedentes que proclamaban que se trataba de una disputa superable, sin vencedores ni vencidos, este “golpe” fue cruel y despiadado.

No hubo “vencedores y vencidos” sino asesinos y cadáveres y desaparecidos.

III.

Tuvimos que esperar, con privaciones y dolores, que el país retomara sus ideales democráticos gracias a una mayoría civil amante de la paz y la concordia y la firme decisión de un caballero que honró sus ideales republicanos disponiendo como Presidente de la Nación que la Justicia investigara y condenara a jefes de los grupos terroristas guerrilleros y a los comandantes responsables del terrorismo de Estado, por los crímenes cometidos.

IV.

En este largo y doloroso proceso – agravado por el golpe de 1976 pero iniciado mucho antes – muchos compatriotas perdieron la vida, miles sufrieron largas prisiones y también fueron numerosos quienes debieron huir hacia el exilio.

Circunstancias del destino o vaya uno a saber quién decidió que los acontecimientos se produjeran del modo que ahora relato, impidieron que yo formara parte de las listas de víctimas del golpe.

Pero lo que no ignoro es que en las dos ocasiones que corrió riesgos mi libertad y mi vida, hubo una persona y un diario “La Voz del Interior” que evitaron que yo hubiera sido una víctima más.

Relato brevemente esas dos ocasiones.

En la madrugada del día del golpe - cuando ya había sido destituida y privada de su libertad la Presidente de la Nación, Sra. Isabel Martínez Vda. de Perón - me llamó por teléfono Teti Arias, amigo personal y dirigente peronista, quien me anunció muy alarmado lo sucedido y me anticipó que estaba dispuesto a exiliarse y me aconsejó que yo evitara ser detenido.

Minutos más tarde, otra vez el teléfono, esta vez la esposa de mi socio en el estudio jurídico, quien se domiciliaba en Alta Gracia, diciéndome entre llantos que una patrulla militar había detenido a su esposo.

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Ante ello, me comuniqué con uno de mis amigos, el ex sacerdote José Oreste Gaido quien me aconsejó que pusiera a salvo a mi esposa y mis hijos y que yo me refugiara en un domicilio que me indicaría en las próximas horas.

Cumplidos los pasos indicados, desde mi refugio y a través de un teléfono fijo logré comunicarme con el Gral. José Vaquero, quien, en esos días, alrededor de siete desde el día del golpe, ejercía como interventor del gobierno provincial.

Hoy parecería imposible lograr una comunicación de ese género, pero debo aclarar que el Gral. Vaquero era amigo personal, nacida esa amistad en 1958 cuando yo como sub-Secretario de Gobierno del Gobernador Zanichelli me desempeñé transitoriamente como sub-Jefe de la Policía de la Capital.

Ocurrió entonces, primeros días de setiembre de 1958, que parte del personal policial se declaró en huelga y para enfrentar y resolver el problema (era la primera vez que la policía o parte de ella adoptaba esa medida) el Gobernador me designó en esas funciones. Pero al cabo de dos días la huelga continuaba pues no se había logrado un entendimiento y entonces el Gobernador pidió al presidente Frondizi que lo ayudara ordenando que la guarnición militar local reprimiera a los huelguistas. Frondizi accedió y fuerzas militares sometieron a los amotinados.

Para evitar nuevos reclamos, el Gobernador dispuso modificar el reglamento del personal policial en algunos aspectos y para ello organizó una comisión especial designándome como representante del Poder Ejecutivo y solicitó al Ejército colaboración mediante la designación de un representante para integrar dicha comisión. El Ejército designó al entonces Capitán José Vaquero y con él nos reunimos casi diariamente durante tres meses y terminamos redactando el reglamento que puso fin a la controversia. Allí estuvo el punto de partida del nacimiento de una amistad que perduró durante años.

El ahora, en 1976, Gral. Vaquero me atendió, escuchó mi relato y mi pedido y me dijo que le llamara nuevamente dos horas después. Horas que me parecieron días, pero que rindieron frutos pues me dijo que se había comunicado con el jefe de la guarnición de José de la Quintana, el mayor Fierro (quien sería días después el Jefe de Policía del gobierno provincial) y que debía ponerme a su disposición pues deseaba hacerme algunas preguntas, y que no temiera porque no sería detenido.

Decidí seguir esas instrucciones, pero, antes de trasladarme a la guarnición militar informé lo relatado a mis amigos de “La Voz del Interior” y a mis colegas profesionales, Norberto Ciaravino y Jorge Sappia quienes me dijeron que esperarían ansiosos mi regreso en su estudio entonces ubicado en Tucumán 5.

El tercero o cuarto día del “golpe” me presenté a la autoridad militar alrededor del mediodía y allí fui interrogado por un oficial subalterno luego de haber sido saludado por el mayor Fierro. Para mi sorpresa, el interrogatorio giró solo alrededor de una publicación que entonces yo editaba - “Crónica Forense” -, un mensuario que registraba la actividad del fuero judicial laboral.

De regreso a la ciudad, lo primero que hice fue comunicar esa novedad a mis amigos de “La Voz” y a los colegas.

Mis colegas - también incluidos en la lista que registraba la identidad de profesionales de la abogacía y citados a declarar - tomaron mi libertad como garantía de lo que ocurriría con ellos, pero sufrieron una larga y penosa prisión. En esos días, también fue privado de su libertad el célebre abogado Carlos Hairabedián, quien también sufrió una larga prisión. No recuerdo si fue en esa oportunidad cuando para evitar su detención, se arrojó al vacío desde el segundo piso de su domicilio y sufrió graves heridas.

V.

Vivir, como entonces, día a día bajo el estado de sitio que fue riguroso y arbitrario porque, como le dije, junto a las fuerzas militares y policiales de la represión actuaban las bandas terroristas de las “Tres A”, fue un tormento. Y debíamos ejercer la profesión adoptando numerosas precauciones y solicitando el concurso de generosos colegas que asumían el riesgo de representarnos para evitar ser vigilados por los servicios policiales.

En mi caso, la amistad con el Gral. Vaquero fue un manto de protección. Que se extravió al año siguiente, concretamente en mayo de 1977, cuando fue designado jefe del Estado Mayor y trasladado a Buenos Aires. Fue casual o mis captores esperaban ese traslado, aún me lo pregunto, y no tengo respuesta certera, pero es demasiada coincidencia que haya sido detenido cuando Vaquero se alejó de Córdoba.

El 26 de mayo de ese año 1977 una patota de alrededor de cinco matones luciendo armas allanó mi estudio jurídico, entonces ubicado en la tercera cuadra de la calle Ayacucho, al anochecer y me tomó prisionero, mientras revolvían el local y revisaban los despachos ante el terror de los clientes que aguardaban ser atendidos, según me relataron.

No invocaron representar a ninguna autoridad legal y obligaron a los clientes a arrojarse al suelo.

Quien era la secretaria del estudio - muchacha inteligente y fiel colaboradora - se refugió tras un escritorio y sin perder un minuto, luego que la patota me esposó y me arrastró hacia el automóvil que aguardaba, tomó el teléfono y adoptó la determinación que a mi juicio salvó la vida: llamó a “La Voz del Interior” para comunicar los hechos, dándose cuenta que era lo primero que debía hacer.

La llamada y el relato que la muchacha efectuó fue recibido por el entonces director, mi amigo Jorge Remonda.

Lo primero que hizo fue comunicarse con el jefe supremo militar, el Gral. Menéndez, a quien le informó la novedad y, palabras más palabras menos, en tono enérgico le dijo: “- Gral. necesito me informe si este hombre de ‘La Voz del Interior’ está detenido y, en su caso, por orden de qué autoridad y cuál es el motivo, y que lo haga dentro del más breve tiempo…”.

Según Jorge Remonda, el Gral. Menéndez le dijo que averiguaría y le contestaría con las novedades.

Alrededor de una hora después, el Gral. Menéndez le habló para decirle que estaba detenido en dependencias de la “D 2” y que había sido llevado para interrogarlo pero que recuperaría la libertad en un par de días.

El mismo día de mi secuestro - porque fui secuestrado - corrieron igual suerte varios colegas, entre ellos Héctor González, quien fue diputado radical en 1973 y Alberto Gerchunoff, apoderado del Partido Comunista local. Ambos luego fueron trasladados al penal de Sierra Chica, en provincia de Buenos Aires y allí quedaron prisioneros sin proceso alguno por más de un año, de modo que la llamada de mi secretaria y la de La Voz del Interior salvaron mi libertad y tal vez mi vida.

En ese doloroso episodio también intervino el Gral. Vaquero. Mi esposa al conocer la noticia de mi secuestro se comunicó con mi amigo “Piro” Pérez Gaudio, pues sabía que también era amigo del Gral. Vaquero, quien le proporcionó un teléfono que tal vez podía ponerla en contacto. La fortuna estuvo de su lado, pues en el primer intento logró localizarlo y le relató lo sucedido. El alto jefe militar le pidió paciencia por algunas horas y le prometió ocuparse del tema.

En síntesis: alrededor de la madrugada del día siguiente a mi detención, todavía maniatado y con la capucha que me impedía la visión, sentí que un guardia se acercó y al oído me dijo: “quédate tranquilo… han hablado por vos el Gral. Menéndez y el Gral. Vaquero… falta que llame Videla”. No hacía falta que dijera nada más, me di cuenta que mi detención había sido “oficializada”.

Recobré la libertad antes de lo pensado, luego de los trámites del sumario que se instruyó, con preguntas relativas al exilio de colegas, registros dactilográficos y datos personales.

Después de la derrota militar en Malvinas, en junio de 1982, la dictadura languideció. En la segunda mitad de ese año y durante 1983 algunas prácticas democráticas se rehabilitaron, agitándose la vida política.

Los sucesores del radicalismo intransigente habíamos apoyado electoralmente a Ricardo Obregón Cano como candidato a gobernador en marzo de 1973 y para eso fundamos el Movimiento de Acción Provincial. En 1983 esos dirigentes fueron convocados por el Dr. Eduardo Angeloz para sumarse a la UCR y yo seguí ese camino político.

Pero esa es otra historia, como se dice cuando se pone punto final a un relato.

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