En tres puntos de Latinoamérica la historia se está repitiendo por estos días. Dos de esos países podrían revivir lo que fueron pesadillas, mientras que el tercero está generando la única noticia alentadora de la región, al revivir un momento auspicioso de su historia, aunque duró sólo una década.
En los mismos días en que Bolivia vive un “deja vu” salvaje, con el sindicalismo golpista bloqueando La Paz y reclamando la caída del presidente Rodrigo Paz, y en el Perú se vive el “deja vú” electoral que repetirá en junio en términos casi idénticos la elección que en el 2021 inició la deriva trágica en la que naufragaron el inepto Pedro Castillo, la autoritaria Dina Boluarte y el corrupto José Jerí, Guatemala también repite un momento del pasado.

Pero a diferencia de Bolivia y de Perú, el “deja vu” guatemalteco no es una pesadilla, sino lo contrario: un momento amable de la historia.
El padre del actual presidente de Bolivia pudo concluir su mandato en 1993 y entregar el poder a Gonzalo Sánchez de Losada. Pero Jaime Paz Zamora había llegado a la presidencia traicionando su ideario izquierdista al pactar con el líder derechista Hugo Banzer. La pregunta es si Rodrigo Paz, cuya victoria electoral fue políticamente pura y evitó que vuelva a la presidencia Jorge Quiroga, el discípulo más ideologizado del general Bánzer, podrá salvar su gestión del salvajismo sindical, de los violentos Ponchos Rojos y del campesinado del Chapare que exige impunidad para los crímenes sexuales de Evo Morales.
La repetición peruana de la historia plantea como interrogante si para Keiko la cuarta será la vencida o si volverá a perder el ballotage, como la vez anterior, con un izquierdista trasnochado. Ahora, el desafiante izquierdista es Roberto Sánchez, quien se declara fan del fallido Pedro Castillo.

En el único deja vu agradable de estos días, Bernardo Arévalo pudo librarse de Consuelo Porras y librar a Guatemala de esa siniestra funcionaria.
Ocupando el cargo de Fiscal General donde la depositó el turbio ex presidente Jimmy Morales y la ratificó el más turbio aún Alejandro Giammattei, Consuelo Porras se dedicó a proteger a corruptos poderosos y a obstruir investigaciones judiciales y ascensos a posiciones clave de demócratas enemigos de la corrupción, como el actual presidente Bernardo Arévalo.
Primero protegió a Sandra Torres, quien acumulaba manejos opacos desde los tiempos en que ocupaba la presidencia su entonces marido, Álvaro Colom.
Consuelo Porras se dedicó luego a obstruir las investigaciones de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad (FECI) a la que logró desmantelar, destituyendo al fiscal Juan Francisco Sandoval, quien intentaba con coraje limpiar el estado guatemalteco de su peor gangrena: la corrupción en las más altas esferas del poder.
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Por cierto, el corrupto Alejandro Giammattei también fue protegido por Consuelo Porras, cuya última cruzada a favor de un establishment oscuro que carcome la democracia desde los pliegues del Estado y el poder judicial, fue intentar por todos los medios que Arévalo no ocupe la presidencia que ganó en las urnas.
Hizo ilegalizar el Movimiento Semilla, la fuerza política con que el líder socialdemócrata ganó la elección presidencial de 2023, venciendo a Sandra Torres, la exponente del establishment defendido por Porras.
La mujer que desmanteló el Ministerio Público, criminalizó a centenares de personas y aplicó persecuciones judiciales despiadadas para proteger al poder detrás del trono, finalmente fue vencida por el presidente que la enfrentó como nadie lo había hecho antes.

Destituyendo a Consuelo Porras, Bernardo Arévalo concretó el segundo paso de su gesta democratizadora. Así como su padre logró en dos pasos sucesivos la democratización de Guatemala: con la Revolución que derrocó al dictador Jorge Ubico en 1944 y, a renglón seguido, con su triunfo en la primera elección libre de la historia de Guatemala.
Aquel proceso democratizador fue destruido por la compañía bananera United Frut, la CIA y el coronel Castillo Armas, al derrocar en 1954 a Jacobo Arbenz, el sucesor de Arévalo.
Siguiendo los pasos de su padre, Bernardo Arévalo hoy encabeza una gesta democratizadora en la que, primero, ganó la batalla contra la Fiscal General que quería proscribirlo y anular su victoria en las urnas, y ahora ganó la batalla contra la siniestra Consuelo Porras, a quien logró destituir del cargo desde el cual esa protectora de corruptos había destruido el Ministerio Público.
La pregunta es si su gesta sobrevivirá a su mandato y al de quien resulte su sucesor, en tanto también sea un demócrata enemigo del establishment corrupto, o si su revolución de honestidad con metas humanistas será también aplastada, como lo fue la que impulsó su padre y cayó junto a Jacobo Árbenz.


