Ahora saben que no es como una serpiente, que muere si le cortan la cabeza. Resultó ser una Hydra, el monstruo de la mitología griega que tenía muchas cabezas y por cada una que le cortaran le nacían dos cabezas más, acrecentando su poder de daño.
La guerra comenzó con la decapitación de la teocracia persa en el bombardeo que mató al ayatolá Alí Jameneí, pero el régimen no se extinguió sino que generó otra cabeza. Lo mismo ocurrió con todas las otras cabezas que le cortaron en posiciones claves del aparato militar.
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Benjamín Netanyahu ya conocía esa naturaleza en el extremismo ultraislámico, por las veces que decapitó a Hezbollah y a Hamás sin conseguir acabar con esas organizaciones terroristas. Donald Trump, en cambio, se sorprendió de que el régimen no muriera cuando rodó la cabeza de su líder supremo y no se descompusiera anárquicamente cuando ataques conjuntos con Israel cortaron las demás crines vinculadas a la estructura militar y represiva.
El desafío es lograr lo que logró Hércules en la segunda de las doce hazañas que le había impuesto como “tareas” el rey Euristeo. Después de estrangular al invencible León de Nemea, Hércules mató al monstruo de nueve cabezas, una de las cuales era inmortal.
Netanyahu no tiene apuro en terminar esta guerra y no lo hará hasta que logre, si no destruir la teocracia del chiismo duodecimano o hacerla capitular, al menos reducir al máximo su poderío militar y sus estructuras nucleares para que, por un tiempo considerable, deje de ser una amenaza para Israel.
Se entiende que los israelíes respalden una guerra contra un régimen que desde su origen se planteó como objetivo borrar del mapa su país y echar a los judíos de Oriente Medio. Para Israel es una cuestión existencial pero no lo es para los norteamericanos. Por eso Trump muestra cada vez más ansiedad por encontrar una salida del conflicto.
No puede hacerlo sin poder mostrar algún resultado que le permita cantar victoria. Del contrario, saliendo del conflicto sin haber eliminado al régimen ni logrado su capitulación incondicional, escribirá sobre su imagen la palabra que más aborrece: perdedor.
Por eso, mientras sigue buscando una puerta de negociación tras varios desaires que le hizo Teherán rechazando sus propuestas y desmintiendo sus anuncios de “conversaciones directas”, el jefe de la Casa Blanca ha comenzado a convocar reservistas, además de enviar un buque anfibio con 3.500 marines y una brigada de la 82 División Aerotransportada, entre otros comandos de élite preparados para acciones de tierra.
Supuestamente, en Vietnam los norteamericanos debieron aprender los riesgos de empantanamiento en las guerras asimétricas. Si quedaban dudas sobre esos riesgos, vino el estropicio de Irak, donde la errónea decisión de Donald Rumsfeld y su virrey en Bagdad, Paul Bremer al desarticular las fuerzas armadas iraquíes tras la caída de Saddam Hussein, empantanó las fuerzas norteamericanas en un agujero negro en el que sufrieron desastres como el de la batalla de Faluya.
Del otro lado de la frontera oriental de Irak se extiende el país más grande de Oriente Medio, gobernado por un régimen teocrático criminalmente represivo que cuenta con un ejército de más de un millón de hombres, que está casi intacto porque la infantería no ha entrado aún en combate en una guerra que hasta ahora ha sido sólo con misiles, drones y aviones bombarderos.
El jefe de la Casa Blanca espera encontrar una puerta de salida negociada antes de que la opción sea poner tropas en tierra o retirarse al precio de quedar como eso que tanto aborrece y con lo que le hace bullying a sus críticos: un perdedor.
Si estuviera rodeado de estadistas en lugar de aduladores, alguien en su equipo le habría señalado la propuesta oculta en los cinco puntos para cesar el fuego que ofreció Irán. La verdadera propuesta es la que no figura en ninguno de esos puntos: el programa nuclear.
Que la proposición iraní omita el tema con que Trump y Netanyahu justificaron iniciar este conflicto, puede interpretarse como el tema que Teherán está dispuesta a negociar para que EE.UU. cese las acciones bélicas sin parecer derrotado. No hay otra forma de interpretar semejante ausencia. Pero nadie lo notó en la Casa Blanca y Trump continuó enviando tropas y propuestas.