Finalmente, quedó definido quién disputará a Keiko Fujimori la presidencia en la segunda vuelta. Será el candidato de la izquierda Roberto Sánchez.
Por sólo 21 mil votos, la opción en las urnas del domingo 7 de junio será entre el conservadurismo puro y duro que representa la hija del ex dictador Alberto Fujimori, y el exponente de un izquierdismo que debería resultar inconcebible en Perú, luego del gobierno fallido que comenzó con Pedro Castillo intentando cumplir con la promesa izquierdista de reforma constitucional y luego quedo en manos de la vicepresidente marxista que permaneció en el poder gobernando como derechista recalcitrante: Dina Boluarte.
Por sólo 21 mil votos, el ballotage no será entre la ultraconservadora Keiko y el ultraderechista Francisco López Aliaga. Un ínfimo puñado de votos implica un salto oceánico de la opción del ballotage en términos ideológicos. Pensar en ese salto genera vértigo político y explica el estado catatónico que sacude desde hace décadas a la política del Perú.
Que Fujimori esté en la segunda vuelta tiene lógica política y expresa una continuidad. De hecho, es la cuarta vez que la líder de Fuerza Popular juega la final por la presidencia.
El fujimorismo es la más la minoría más fuerte del arco político peruano, en el que ninguna fuerza es mayoritaria. El fujimorismo es también una minoría intensa y permanente, por lo tanto predecible en términos de gobierno. Todo lo demás es impredecible.
La experiencia política de Keiko se remonta a sus tiempos de primera dama, posición a la que fue elevada por el divorcio de sus padres, Alberto Fujimori y Susana Iguchi.
Desde que lidera Fuerza Popular, ganó tres veces la primera ronda electoral y fue derrotada en el ballotage. Primero la derrotó Ollanta Humala, luego Pedro Pablo Kuczynski y a renglón seguido Pedro Castillo. De sus tres vencedores, sólo el nacionalista Ollanta Humala pudo finalizar el mandato, sobreviviento al obstruccionismo parlamentario que tuvo a Keiko como protagonista. A los otros dos presidentes, las conspiraciones políticas y las obstrucciones del fujimorismo, con la complicidad de buena parte de una partidocracia corrupta y decadente, les impidieron completar sus mandatos.
En el caso de Pedro Castillo, el fracaso tuvo también como componente fuerte la propia inutilidad del efímero presidente y el error garrafal de haber incurrido en un accionar golpista.
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La caída de Castillo no fue sólo un fracaso de ese docente, campesino y sindicalista. Fue sobre todo un fracaso del partido marxista Perú Libre y de su turbio líder, el ex gobernador regional de Junín Vladimir Cerrón. El hombre que esa fuerza política había llevado a la presidencia fue abandonado en ella y sus propios camaradas lo dejaron caer cuando se aventuró en el intento de cerrar el parlamento.
Asumió en su lugar la vicepresidenta Dina Boluarte, quien expresaba desde antes y con mayor compromiso ideológico a Perú Libre. Y la desilusión de las bases campesinas de izquierda fue aún mayor porque la nueva presidenta gobernó como marioneta del fujimorismo y lanzó criminales represiones a la ola de protesta que causaron sus acciones gubernamentales.
Con semejante antecedente, era impensable que esa vereda política volviera a gobernar. Sin embargo, con Roberto Sánchez tendrá el 7 de junio la posibilidad de recuperar la presidencia, aunque distanciada de Cerrón.
En buena medida, Pedro Castillo fue víctima del canibalismo político de Fujimori y de la izquierda siquiátrica que lo había postulado. Pero también, claramente, fue víctima de su propia incompetencia, una nulidad a todas luces visible, indisimulable. Sin embargo, Roberto Sánchez se aproxima a la presidencia reivindicando al fallido presidente que se encuentra en prisión. Incluso usa todo el tiempo el sombrero chotano (usado en Chota y otras localidades de la región de Cajamarca) que Castillo no se sacaba jamás.
Resulta inconcebible que esté por repetirse el duelo presidencial que se dio en el 2021, entre la hija de un déspota al cual sigue reivindicando de manera acrítica y con años liderando una oposición parlamentaria entregada al salvajismo y la extorsión, y un líder izquierdista que reivindica a un presidente fallido y se postuló por un conglomerado en el que está el partido que gobernó de manera patética con Castillo y con su inescrupulosa sucesora Dina Boluarte.
Es difícil creer que Perú podrá salir de su declinación política con dirigencias como las que están por dirimir la próxima presidencia.