Como un mensaje milenario, quedó a la vista el pons neronianus. Los restos del puente que en el primer siglo de la era cristiana hizo construir Nerón para unir el Campo de Marte con la zona donde hoy se encuentra el Vaticano, llevaban siglos bajo las aguas del Tíber, hoy reducido a un escuálido arroyo que atraviesa Roma.
En el Danubio y el Rin asoman esqueletos de embarcaciones hundidas durante las dos guerras mundiales. Los ríos languidecen y las centrales nucleares quedan al borde del cierre por falta de agua para la moderación de neutrones y la refrigeración del reactor, mientras el fuego arrasa buena parte de Europa como nunca antes ocurrió.
Pocos meses después de esos causes hoy languidecientes provocaran catastróficas inundaciones y las postales mostraran gente subida a los techos y autos flotando como corchos en calles convertidas en ríos, la peor sequía alimenta los mayores incendios en territorios donde las temperaturas nunca fueron tan altas como en este infernal verano europeo. Por la mezcla de calor y sequía, arden bosques en países poco acostumbrados a tener incendios forestales, como Inglaterra y Bélgica. Uno de los incendios forestales más extendidos fue el que arrasó el sur de España, donde a renglón seguido se desataron lluvias torrenciales con inundaciones que dejaron muertos, heridos y desplazados.
En los bosques belgas, así como en los de Francia y Alemania, los incendios hicieron estallar bombas que yacían enterradas desde las dos guerras mundiales. Paralelamente, como si la atmósfera y las capas interiores del planeta se confabularan para aterrorizar a la humanidad, se produjo una seguidilla de terremotos que tampoco es común que ocurra.
Tembló la tierra con inédita intensidad en Venezuela y a renglón seguido en Colombia. Cinco días después, otro terremoto se produjo en Indonesia. A continuación, el suelo comenzó a sacudirse en el sur de España y, cuando se calmó en ese país peninsular, tembló la tierra en Perú y a continuación en Japón.
Aunque sin sustento científico visible, parece inevitable preguntarse si el calentamiento global que ha comenzado a provocar devastaciones en la superficie, produce en la corteza del planeta, por las dilatación y la contracción causados por el calor extremo y sus abruptos descensos, algún efecto en las restantes capas interiores que incremente las liberaciones de energía que mueven las placas tectónicas.
No se sabe. Lo que se sabe es que, sólo en Europa, las inéditas olas de calor y sequía causaron 32 mil muertes.
De eso debiera estar hablando el mundo entero. Son las consecuencias cada vez más trágicas y seguidas del cambio climático. Lo intentó en estos años el portugués Antonio Guterres desde la Secretaría General de Naciones Unidas. Muchos líderes le prestaron atención y trataron de coordinar acciones contra el calentamiento global. Pero muchos otros siguieron actuando como si el cambio climático no existiera, mientras que quien dirige la mayor potencia del planeta es, directamente, un negacionista de ese proceso y se ha dedicado durante su primer mandato y lo que va de éste a deshacer lo que sus antecesores habían hecho para frenar el fenómeno que está alterando aceleradamente la biósfera.
Se trata de Donald Trump, quien considera al cambio climático una patraña tramada por la izquierda marxista y la cultura woke para gobernar el orbe. Sin embargo, en el tablero geopolítico mueve las fichas para apoderarse del ártico canadiense y de Groenlandia, sabiendo que los glaciares están retrocediendo y esa retirada de los hielos deja al alcance de las manos “tierras raras” y otras riquezas minerales.
Como fuere, lo que está viendo el mundo son postales cada vez más apocalípticas que prueban fehacientemente el avance de la peor amenaza a la vida humana. Paralelamente, avanza también a gran velocidad la Inteligencia Artificial, lo que en breve podría resultar una amenaza para la libertad y la autodeterminación de la humanidad. Y mientras estas amenazas avanzan, los principales líderes del mundo mueven sus fichas bélicas en el tablero geoestratégico, buscando mediante guerras y carreras armamentistas expandir territorialmente el poder que ostentan.


