Un final electrizante tendrá este domingo el proceso electoral en Brasil. Los debates no alteraron demasiado el panorama. Cada uno dijo lo que se sabía que iba a decir y en cada vereda nadie cambió de opinión. En todo caso, el último debate, a sólo horas de la jornada de votación, tuvo un hecho revelador: Flavio Bolsonaro dijo algo que revela negligencia y crueldad, al llamar “nueve dedos” a Lula.
En el bolsonarismo casi todos se refieren al presidente con ese bullyng despectivo. A esta altura de los tiempos, el sentido común dominante ya tiene incorporado que el bullyng es un rasgo de la crueldad. Burlarse de otra persona por un defecto o por la pérdida de una parte de su cuerpo, es una forma de abyección. A nadie le extraña que la posea el candidato de una fuerza política en la que el bullyng es la norma para referirse a los vulnerables y también al presidente de Brasil.
Todos en ese país saben que al dedo que le falta, Lula lo perdió trabajando en su adolescencia de obrero tornero. Quizá no todos sepan que al accidente lo tuvo trabajando en negro, fuera de horario diurno y en condiciones de explotación. Como fuere, está claro que si algo no debe hacer públicamente un miembro de la familia Bolsonaro es burlarse de Lula por la pérdida de su dedo.
Al hacerlo en el debate, Flavio no sólo mostró el costado abyecto de su personalidad, sino también su negligencia, porque hizo lo que ningún candidato con media neurona funcionando haría.
Si algo pudo mover el amperímetro en el último debate entre los candidatos, fue ese gesto despreciable del candidato conservador. Pero los bloques son tan opuestos y blindados por el odio a la otra parte, que difícilmente cambie los votos que ya están decididos, que son la casi totalidd.
La esperanza de Lula es que más de un millón de votos que fueron a Bolsonaro en le primera vuelta, no por convicción conservadora ni odio a Lula sino por enojo ante el encarecimiento de la vida para las clases medias, medias bajas y bajas, cambien en este ballotage. Solo si un millón doscientos mil votos enojados con Lula deciden regresar arrepentidos ante la posibilidad de encumbrar a un gobierno sin disposición a atender a las clases medias y bajas.
Es difícil, pero no imposible. Si eso ocurriera, Lula lograría ser la excepción a esa regla de las elecciones en Brasil: siempre ganan el ballotage los candidatos que ganaron la primera vuelta.
¿Es posible la excepción? Sí. Toda regla tiene excepción. A la regla de que todas las elecciones brasileñas se definen en segunda vuelta la rompió Fernando Henrique Cardoso con un triunfo en la primera ronda.
Pero incuso de lograr la proeza de ser reelecto habiendo remontado una derrota en primera vuelta, el mandato que obtendría a Lula da Silva sería dificilísimo. Con minoría en ambas cámaras y las gobernaciones más importantes en manos de sus adversarios, todo será muy cuesta arriba.
Para Flavio las limitaciones para gobernar cómodamente radican en sus propias limitaciones, culturales e intelectuales. Pero la atención del gigant sudamericano y del mundo que está mirando esas urnas, está en el resultado.
El impacto que tendrá el triunfo del joven opositor o del actual presidente, será muy grande, sobre todo en el escenario político latinoamericano, pero también en Europa y en los Estados Unidos.