Habíamos dicho en estas páginas de El Doce, que decir que la estatura de Lula era inmensamente superior a la de Flavio Bolsonaro no era una subjetividad, sino una constatación objetiva. Explicamos que era tan objetivo como decir que el rey de España es más alto que el presidente de Francia, lo cual es objetivamente comprobable. Basta con ver parados a Felipe VI y a Emmanuel Macron parados uno al lado del otro.
Resulta objetivamente comprobable que la estatura histórica, intelectual y de liderazgo es del actual presidente es superior que la de su joven y mediocre contrincante. Y que de tal modo, si bien imponerse en la segunda vuelta, habiendo perdido la primera ronda de votación, si bien era una proeza, era posible. No segura, pero sí posible.
Explicamos que Lula debía sumergirse en el manejo de las redes, donde tenía los algoritmos de Meta en contra porque esa y otras plataformas de megamillonarios cercanos a Trump, habían sido importantes para el resultado en la primera vuelta.
Además, debía lograr que el sector de desencantados que nunca votaría a un candidato del conservadurismo duro pero no tuvo el suficiente aliciente de ir a votar, y se abstuvo porque las encuestas de entonces daban por ganador al líder del PT ahora debían ir a las urnas ante el riesgo de que derechos conseguidos puedan perderse.
Pero falta algo: que el millón doscientos mil lulistas que sufragaron por Bolsonaro como voto castigo, ahora se convierta en voto que vuelve arrepentido. En eso se concentró Lula da Silva, en lugar de darse por vencido. Si lograba que ese voto de castigo que favoreció Bolsonaro ahora vuelva arrepentido, logra un efecto de alrededor de dos millones cuatrocientos mil votos, porque si el del votante que se abstuvo es un voto que se suma, el que hizo un voto castigo y vuelve como voto arrepentido, es un voto se suma a Lula y se resta a Bolsonaro: o sea su efecto se duplica.
Nunca hubo certeza de que lo conseguiría. Era la proeza que Lula tenía que lograr. Y lo logró.
Dijimos que si el debate previo a la primera vuelta no modificó nada, el debate previo al ballotage contenía un error de Flavio que mostraba dos rasgos negativos de ese candidato: negligencia y crueldad.
Fue cuando el candidato ultraderechista lo llamó “nueve dedos”, un bullying que normalmente las bases y dirigencias bolsonaristas hacen del líder centroizquierdista.
Burlarse de que tenga un dedo menos en el debate fue mostrar crueldad, porque el bullying es cruel, y también es negligente porque mostrar ese rasgo abyecto no es lo que hace un candidato en un debate. Mucho más si el dedo que le falta a Lula lo perdió operando un torno en una fábrica como obrero metalúrgico, a los 17 años. Casi una medalla en la trayectoria de un dirigente que surgió de la clase obrera.
Eso podría ayudar a Lula a sumar votos ausentes en la primera vuelta. Y así fue. No se sabe cuántos, pero lo seguro es que a Bolsonaro le restó y a Lula le sumó, porque esa burla cruel señaló algo que Lula luce con orgullo y le merece respeto en las clases trabajadoras.
La primera proeza fue lograda. Lula es el primer vencedor de un ballotage habiendo perdido la primera vuelta. La segunda proeza comienza esta misma noche, en la que Flavio Bolsonaro no reconoció el resultado. Se basa en la prórroga del horario de votación- Aunque con más de tres puntos de diferencia, no será fácil probar que esa prórroga alteró el resultado.
El resto de la proeza será cumplir exitosamente este cuarto mandato teniendo el Parlamento en manos de la oposición y las gobernaciones de los principales estados también.
En las próximas horas, el debate que crecerá es si deben quedar en pie o debe anularse esta segunda vuelta. Bolsonaro ya saltó a la trinchera y se ve dispuesto a combatir.
Podrían ser batallas duras.