Los sistemas parlamentarios tienen entre sus características la particularidad de que un líder o un partido pueden, al mismo tiempo, ganar y perder una elección. Es el caso de la elección de 27-10-2026 en Israel. Con pocos votos aún por escrutar, la coalición derechista-religiosa en la que está el Likud es la más votada, por ende su líder, el primer ministro Benjamín Netanyahu, puede considerarse vencedor. Pero es la segunda coalición más votada, que es opositora y está liderada por Gadi Eizenkot, la que quedó en mejores condiciones de formar gobierno.
Sucede que los partidos árabes lograron un resultado histórico, que convierte en mayoritario al voto abierta y duramente opositor a Netanyahu y su gobierno de extremismo religioso.
Lo que muestra el escrutinio es que el primer ministro ganó individualmente pero perdió, porque sus votos quedaron muy por debajo de lo que suman los votos que proponen sacarlo del gobierno cuanto antes y sentarlo en el banquillo de los acusados por las causas de corrupción en su contra.
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Por cierto, no está dicha la última palabra. Por encabezar la fuerza más votada, el presidente Isaak Herzog debe convocarlo primero a negociar apoyos para alcanzar la mayoría que necesita para mantenerse en el cargo de primer ministro. En principio, le resultaría imposible porque todos los partidos cuyos votos, sumados, constituyen una amplia mayoría, hicieron duramente opositores a la coalición gobernante y a su líder, por lo que hicieron campaña en este proceso electoral proponiendo como objetivo prioritario sacar a Netanyahu del cargo y hacerlo responder por lo ocurrido aquel oscuro 7 de octubre en el que una horda de terroristas sanguinarios encontraron las puertas de Israel abiertas y miles de civiles israelíes al alcance de sus fusiles criminales.
Sin embargo, no sería la primera vez que Netanyahu logra “sobornar” de algún modo a alguno de los tantísimos partidos que atomizan el tablero político israelí y que, por dinero, favores políticos o porciones de poder, traicionan a sus votantes.

A esta hora, Netanyahu y el Likud revisan la “chequera” con la que comenzarán a ofrecer pagos a cambio de traiciones. Es posible que lo logren. Pero si no logran comprar traiciones opositoras, el presidente Herzog encomendará la misión de formar gobierno al Eizenkot, por liderar la segunda coalición más votada. Y si a Eizenkot no lo detienen los repudios que recibirá de la derecha dura y de los fundamentalistas hebraicos, llegará a un acuerdo con los partidos árabes.
El líder más votado de la oposición tendrá que convencer a dirigentes de su propio espacio que descartaron siempre acuerdos con las fuerzas de los árabe-israelíes. El margen de negociación es amplio, porque puede incluir a esos partidos en la coalición de gobierno para gobernar con mayoría parlamentaria, o reducir el acuerdo a un respaldo pragmático para que pueda sostenerse un gobierno de minoría.



