La muerte de Luis Brandoni golpeó de lleno al mundo del espectáculo y también a quienes compartieron gran parte de su vida con él. Uno de los mensajes más conmovedores fue el de Carlos Rottemberg, que le dedicó una carta donde expuso el profundo vínculo que los unió durante más de cuatro décadas.
En ese texto, el productor teatral dejó al descubierto el dolor que le provocó el deterioro final del actor. “Tomé conciencia de su gravedad hace unas noches, cuando ya no me reconoció más”, escribió, y aclaró que no quiso contarlo antes “por él y por su familia”.
El último gesto de Brandoni que lo marcó para siempre
A lo largo de la carta, Rottemberg definió a Brandoni como “el actor argentino de una generación inolvidable”. Pero además contó una situación íntima que, según confesó, lo acompañará para siempre.
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“Guardo para el final un gesto que me va a acompañar siempre”, escribió antes de revelar que el actor se había ofrecido a escribir el prólogo de un libro suyo sobre sus cincuenta años en el teatro. Según relató, Brandoni se lo leyó por teléfono, emocionado, y se lo envió el viernes 3 de abril, apenas unos días antes de morir.
“Ese texto, hoy toma un valor superlativo en mí. Fue su último regalo”, cerró Rottemberg en una despedida que conmovió al ambiente artístico. Sus palabras resumieron no solo la admiración profesional, sino también el peso afectivo de una amistad de 40 años.

La carta completa
En esta madrugada del lunes 20 de abril de 2026, la muerte de Luis Brandoni me impacta. Hace cuarenta y ocho años nos hicimos amigos a partir del estreno de un espectáculo teatral y desde entonces compartimos un camino que nunca se interrumpió, incluidos estos últimos días en los que pude visitarlo en el sanatorio.
Tomé conciencia de su gravedad hace unas noches, cuando ya no me reconoció más. No era para contarlo en esos días. Por él y por su familia.
Con Beto se va el último primer actor argentino de una generación inolvidable, y un símbolo del teatro nacional extraordinario: defendió al autor nacional siempre, actuándolo cada vez que pudo.
En estas horas se suceden infinidad de muestras de cariño y admiración. Es lógico, porque participó de recordados personajes en todas las disciplinas artísticas que lo tuvieron de intérprete.
En lo personal, me sonrío recordando sus manías, por las cuales chisporroteamos tantas veces: vestirse completo para desayunar, aún estando solo en su casa porque no se permitía hacerlo en pijama, leer el diario solamente en papel y enojarse mucho con las redes sociales, ponerse chinchudo con facilidad. Cuántas de esas pinceladas hoy me ablandan su despedida.
Compartimos también momentos difíciles por su participación gremial: desde aquel volante intimidatorio en Pinamar del 79 hasta sacar al público de los teatros en plena dictadura, cuando aparecían las amenazas de bombas durante las funciones. Todo eso también nos unió para siempre.
Hace apenas tres semanas hizo algo que hoy le doy el valor de una despedida: se tomó un descanso inusual, al no trabajar una semana, para viajar con su pareja a Punta Cana. Raro en Beto el priorizar un viaje por sobre sus funciones teatrales. Volvió contento, con más ganas de subirse al escenario. Lo uno a este desenlace, previsible pero prematuro.
Guardo para el final un gesto que me va a acompañar siempre: al enterarse de que estaba escribiendo un libro sobre mis cincuenta años en el teatro, me ofreció escribir el prólogo. Me lo leyó por teléfono emocionado y me lo envió el viernes 3 de abril, apenas hace días. Ese texto, hoy toma un valor superlativo en mí. Fue su último regalo.
Abrazo con toda mi fuerza a su familia, con la convicción de que hay amistades que son para siempre. ¡Se te extrañará, Beto querido!



