Es una postal desoladora. María Corina Machado entregando su medalla del Nobel al líder que la humilló diciendo una falacia.
Ir a la Casa Blanca y entregarle Donald Trump el símbolo de la distinción internacional más preciada del mundo fue una segunda humillación de la líder venezolano, pero esta vez auto-infligida.
Sabiendo que la codicia por esa distinción lo hundió en rencor contra ella cuando fue la elegida del comité noruego, fue a entregarle ese premio para mendigarle un lugar en el proceso venezolano del cual ha sido dejada al margen. Un premio a cambio de una porción de poder en el país que el caprichoso aspirante a emperador de las América muestra como si fuera su virreinato.
En Venezuela, el magnate neoyorquino sacó un dictador pero dejó la dictadura. Le confirió el poder sobre el terreno a Delcy Rodríguez, una chavista de la primera hora que siempre formó parte del régimen y que Nicolás maduro hizo su vicepresidenta. También dejó en el poder a los rostros más paradigmáticos del sectarismo autoritario chavista: Diosdado Cabello como ministro del Interior, o sea con gran parte del poder represor que ya ha usado con ferocidad criminal en el pasado; Tarek William Saab como Fiscal General, para encubrir todos los crímenes y corrupciones de la nomenclatura, y el general Vladimir Padrino López como ministro de Defensa y autoridad militar.
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Trump pudo argumentar una razón política y estratégica. Extirpar de golpe todo un régimen tan ramificado en el aparato del Estado podría precipitar una guerra de facciones fuertemente armadas y convertir Venezuela en un agujero negro generador de violencia e inestabilidad incluso más allá de sus fronteras, como ocurrió con Irak cuando reemplazó velozmente el régimen de Saddam Hussein y disolvió las fuerzas armadas. Lo difícil de explicar es que haya quedado la totalidad de la nomenclatura chavista, incluidos los que colmaron las cárceles de presos políticos, industrializaron la tortura y mataron cientos de manifestantes con brutales represiones.
De todos modos, de lo que se trata es de que Trump ni siguiera intentó argumentar la marginación total de la líder que unificó el voto disidente contra el chavismo venciéndolo en las urnas de manera tan abrumadora que no dejó lugar para el fraude, por lo que el dictador tuvo que robarse la elección a cara descubierta. Lo que hizo el presidente norteamericano horas más tarde de haber derribado al dictador pero asociándose con su dictadura, es anunciar esa sociedad y justificar la marginación de Machado diciendo que ella no es respetada ni respaldada en Venezuela. Una falacia que incursiona de lleno en la dimensión del absurdo.
Por eso la líder antichavista se auto-denigró al ofrendar su Premio Nobel a Donald Trump, quien a su vez volvió a exhibir su naturaleza miserable al aceptarle esa medalla y quedársela como si la mereciera más que la ganadora de la distinción nórdica.
Con un mínimo de grandeza y unas moléculas de generosidad, Trump le habría dicho a Machado “le agradezco su gesto, pero ese premio es suyo y lo ha ganado merecidamente, por lo tanto debe permanecer en sus manos”. En lugar de eso, el magnate neoyorquino volvió a mostrar su naturaleza egoísta y rencorosa, además de exhibir impúdicamente que su inteligencia es más pequeña que su egolatría.
En la postal desoladora de María Corina y Trump en la Casa Blanca, hay muchas sonrisas, pero muy poca dignidad.


