Parece un giro en U. De hecho, lo es. Donald Trump pasó de amenazar a daneses y europeos con tomar Groenlandia por la fuerza si el reino nórdico no acepta vendérselo como hizo en 1917 con las tres islas caribeñas, que pasaron de ser las Indias Occidentales danesas a integrar el archipiélago de las Vírgenes estadounidenses, a descartar la vía militar para anexar la gigantesca isla helada que está entre Islandia y Canadá. Pero el abrupto cambio que está en las palabras no necesariamente indica un cambio de posición respecto a apropiarse de ese territorio de un modo u otro.
Ocurre que la amenaza explícita de Trump era tan impresentable como contraproducente. Expresarse de ese modo resultaba negligente, además de brutal. Sólo podía tener el efecto inverso al esperado por el jefe de la Casa Blanca. Tratar a Europa como si fuera un conglomerado de estados fallidos como los que abundan en África o América Latina fue una negligencia más del magnate neoyorquino movido por su desprecio a lo que representa culturalmente el viejo continente.
Igual que haber dicho a los británicos que no aportaron nada en la guerra contra el primer régimen talibán, ignorando los centenares de combatientes del Reino Unidos que cayeron en Afganistán, lo que generó fue una respuesta cargada de indignación denuncian la ignorancia de Trump.
En el caso de Groenlandia, la respuesta europea fue el envío de tropas al vasto territorio helado. En Bruselas, nadie cree el argumento de la seguridad de los Estados Unidos que esgrime el jefe de la Casa Blanca para justificar su pretensión. Europa sabe que Trump quiere adueñarse de Groenlandia para explotar sus minerales estratégicos, cada vez más expuestos a la intemperie y más fácil extraer debido a la retirada de los hielos por el cambio climático.
Para defender el Ártico de las pretensiones de Rusia y de China, los Estados Unidos no necesitan anexar Groenlandia. Tienen allí una base militar y pueden instalar todas las que necesiten debido a que se trata de un territorio danés y que Dinamarca es miembro de la OTAN, igual que la superpotencia americana.
Que Europa se arrodille ante Trump y le entrega lo que le exige a punta de pistola, equivaldría a un suicidio geopolítico.
Enviar tropas a Groenlandia fue la señal de que los europeos estarían dispuestos a enfrentar a Estados Unidos en una guerra. Eso hizo que Trump reseteara su torpe estrategia para agigantar el territorio estadounidense a partir de Groenlandia.
Tras recalcular las consecuencia, Trump retiró la amenaza militar de la retórica de Washington, y apostó a un entendimiento a partir de Mark Rute, el secretario general de la alianza atlántica. Pero eso no quiere decir que el peligro de una guerra americano-europea por Groenlandia haya sido definitivamente conjurado.
Eso se verá si, en la mesa de la negociación, Trump no obtiene lo que busca: acceso irrestricto y por tiempo indefinido a las riquezas minerales que el cambio climático va dejando a la intemperie.