Perú incrementó su récord de inestabilidad política, una variable que se mide en destitución de presidentes. La caída de José Jerí es un desenlace predecible desde el mismo momento que la carambola política depositó en la presidencia a un legislador suplente que entró al Parlamento por la inhabilitación de Martín Vizcarra.
Ese momento se supo que tenía una denuncia de violación y otras sombras sobre su vertiginosa carrera. La destitución de Pedro castillo y la asunción de Dina Boluarte modificó el tablero permitiéndole presidir comisiones parlamentarias. Y la caída de Boluarte le colocó a él la banda presidencial.
No tardó en actuar como se esperaba, acudiendo encapuchado a una reunión secreta con un empresario chino que es contratista del Estado. Hubo otras reuniones secretas con ese y otros empresarios, además de más señales de tráfico de influencias. ¿Resultado? A los pocos meses de asumir, José Jerí fue destituido.
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Sólo defendieron al turbio dirigente derechista el partido que lo había aupado al poder, Fuerza Popular, de Keiko Fujimori, y el embajador de Estados Unidos en Lima, Bernie Navarro, un empresario trumpista que hacía negocios en Perú.
Según el diplomático norteamericano, Jerí debía llegar hasta julio, cuando concluye el mandato en curso, que fue el que ganó en las urnas el izquierdista Pedro Castillo, porque semejante muestra de inestabilidad perjudicaría las inversiones en Perú.
Ciertamente, la inestabilidad política es una patología de la dirigencia peruana. Demasiados presidentes destituidos en juicios políticos y también demasiados presidentes condenados por corrupción.
Los únicos que lograron concluir sus mandatos (que fueron interinos) y luego no fueron a la cárcel, son Valentín Paniagua, el legislador que asumió al ser destituido Alberto Fujimori, quien terminó preso, y Francisco Sagastí, quien conjuró un juicio político comprometiéndose a no candidatearse.

También concluyeron sus mandatos Alejandro Toledo, Alán García y Ollanta Humala, pero los tres fueron condenados por corrupción y el líder aprista se suicidó antes de que la policía lo detuviera en su domicilio.
No pudieron concluir sus mandatos Pedro Pablo Kuczynski ni su sucesor interino Martín Vizcarra, ni el sucesor interino de éste, Manuel Merino.
Tampoco pudo concluir el mandato conquistado en las urnas Pedro Castillo, que terminó preso por intento de golpe de Estado, tampoco su sucesora interina, Dina Boluarte, ni el sucesor interino de ésta, José Jerí.
La inestabilidad política es descomunal. Pero eso no necesariamente implica inestabilidad institucional y, mucho menos, inestabilidad económica, que es lo aludido por el embajador Navarro. En rigor, quizá sea lo contrario: que las instituciones no se hayan derrumbado ni alterado a pesar de los constantes tembladerales políticos, lo que muestra es solidez institucional.

Precisamente es esa solidez institucional la que produce en la economía lo contrario de lo que según el embajador norteamericano causan las crisis políticas. La economía tiene una estabilidad envidiable para muchos países de la región. Esa estabilidad económica queda más visibilizada, precisamente, por la crónica inestabilidad política que derriba gobiernos todo el tiempo.
Muestra de estabilidad institucional y económica es la continuidad de Julio Velarde como presidente del Banco Central de Perú. Fue designado en el 2006 por el entonces presidente Alán García. Muchos mandatarios han caído en estas dos décadas pero el titular del BCRP sigue siendo el mismo.
Perú padece la crisis moral de su dirigencia política, pero esa patología resalta la solidez de su economía y también la de sus instituciones democráticas.



