Pareció el último acto de humillación, pero es posible que aún les queden varios por delante. Andrés Mountbatten Windsor subiendo encerrado por once horas en una celda de seccional, es algo que jamás habría imaginado el hijo preferido de la reina Isabel.
En rigor, no debe haber imaginado nunca nada de lo que ha vivido desde que comenzó su patético derrumbe. Ni que la madre que lo mimaba le quitara sus rangos militares y sus patronazgos, ni haber tenido que renunciar al título de Duque de York, ni que su hermano lo sacara de un empujón de la Casa Real, convirtiéndolo en un ex príncipe. Pero menos aún habrá imaginado el momento en el que la policía británica lo detuvo, le “pintó los dedos” y lo encerró mientras iniciaba los trámites para una investigación sobre presuntos delitos.

Por cierto, la historia de las islas está plagada de príncipes y reyes degradados, encarcelados y ejecutados. Algunos fueron casos resonantes, como la ejecución de la reina consorte Ana Bolena, segunda esposa de Enrique VIII que fue encarcelada y decapitada porque su marido, el rey, la acusó de incesto y adulterio.
El único gesto de piedad que tuvo ese monarca del siglo XVI fue hacer traer de Francia un experto decapitador con espada, porque el corte con hacha que se hacía en Inglaterra no siempre separaba la cabeza del cuerpo en el primer golpe.
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María Estuardo, la última reina de Escocia, pasó décadas en prisión por orden de su prima, Isabel I de Inglaterra, a quien había ido a pedir protección tras su derrumbe en Edimburgo. Y no salió viva de prisión, porque terminó ejecutada.
En el siglo siguiente le tocó el turno a Carlos I, encarcelado y condenado a muerte acusado de traición en el marco de la Guerra Civil inglesa.
Hubo muchos otros casos, pero desde el siglo XIX hacia atrás, fueron tiempos violentísimos en los que las pulseadas entre realezas, las traiciones y las intrigas palaciegas derribaban y encarcelaban príncipes y reyes, incluso el cadáver de un gobernante, el Lord Protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda Oliver Cromwell, que falleció de muerte natural pero cuando llegó al trono Carlos II, lo hizo desenterrar, colocó el cadáver en el banquillo del acusado, lo juzgo y lo condenó a la decapitación, para simbolizar con ese acto macabro la restauración de la monarquía.

La lista es aún más larga, pero como todas aquellas degradaciones eran ordenadas por reyes vengadores, no atenúa el nivel de humillación y degradación del ex príncipe Andrés, porque a él no lo persigue un rey vengador ni cayó víctima de una intriga palaciega. Es la justicia independiente en un Estado democrático la que ha comenzado a arrastrarlo hacia el banquillo de los acusados.
El vía crucis que vive aún tiene muchas estaciones por delante. La primera fue la humillación de verse en las portadas de los diarios con las bellas adolescentes que le proveía Jeffrey Epstein. Después llegó la pérdida de sus rangos militares y sus patronazgos por decisión de Isabel II, en el 2022. Tres años más tarde, las nuevas revelaciones hicieron que él solito renunciara al título de Duque York, pero no le alcanzó. Antes de que concluyera el año 2025, su hermano le quitó todos los títulos, lo expulsó de la Casa Real y lo sacó de las mansiones que le correspondían.
Faltaba que le “pinten los dedos” y eso es lo que ahora ocurrió. La causa es que las últimas revelaciones del caso Epstein dejan ver que Andrés no sólo era cliente del negocio pedófilo de su amigo norteamericano, sino que además colaboraba con él, quizá como socio, proveyendo información que él manejaba desde el cargo que le había dado su madre, como representante del comercio exterior del Reino Unido. Datos que para un lobo de Wall Street como Epstein, que comenzó a amasar su fortuna en los mercados financieros, eran de un gran valor para jugar con ventaja en los negocios bursátiles y las inversiones.
La caída sin fin del ex príncipe es una muestra de la gravedad del caso Epstein y sus lógicas consecuencias. La pregunta que a esta altura crece tanto como el sísmico escándalo, es porque genera tembladerales en Europa y derriba un príncipe británico, mientras que en Estados Unidos nadie ha caído ni ha sido detenido. La onda expansiva del Caso Epstein llega a la otra costa del Atlántico con potencia ciclónica, pero en el escenario del crimen todavía no hay detenidos, ni renunciados, ni destituidos.

Una pregunta aún más específica: ¿puede la cercanía de Andrés Mountbatten Windsor con Epstein y sus frecuentes visitas a la Isla de la fantasía sexual que el magnate financiero tenía en el Caribe, haber sido más grave que los quince años de estrechísima relación amistosa, siendo además habitué de sus fiestas con adolescentes, que tuvo Donald Trump con el empresario de la pedofilia?
Si el hermano del rey británico lleva años en caída libre por los delitos que implicaron su relación con Epstein, ¿Trump va a salir indemne de un vínculo con igual o más profundidad?
Quizá el fallo de la Corte Suprema contra la política arancelaria del presidente norteamericano, que es el arma fundamental de su economía y de su influencia en el mundo, sea una señal de debilidad. Y que si esa incipiente debilidad sigue creciendo, el mundo vea a Donald Trump derrumbarse como el hijo más mimado de la reina Isabel.



