Que el peligro de una guerra en Medio Oriente es muy grande lo muestra el despliegue naval y los movimientos militares norteamericanos en torno a Irán, alcanzando ya la envergadura que tuvo el despliegue que, en el año 2003, desembocó en la guerra contra el Irak de Saddam Hussein. Una guerra de consecuencias que fueron cataclísmicas que hicieron correr ríos de sangre durante largos años.
Que ya estén en aguas cercanas a la República Islámica los portaaviones Abraham Lincoln y Gerald Ford, las dos principales armas de guerra naval de los Estados Unidos, confirma la inminencia de un conflicto. No obstante hay una negociación en marcha y, si bien la reunión del jueves 26 de febrero en Ginebra no alcanzó ningún preacuerdo, el hecho de que se haya decidido continuar negociando es una noticia alentadora.
Probablemente, de ser por Donald Trump, tras la reunión del pasado jueves la negociación habría acabado y habrían comenzado a hablar los cañones, los misiles y los aviones bombarderos.
Ocurre que el jefe de la Casa Blanca exige a Irán que abandone totalmente el enriquecimiento de Uranio y el régimen de los ayatolas ya ha rechazado de manera definitiva tal posibilidad. Sin embargo, la propuesta de Teherán en el terreno nuclear es interesante.
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Por un lado, ofrece suspender el enriquecimiento de uranio por un lapso de entre tres y cinco años, posteriormente establecer un límite de enriquecimiento del 1,5% y diluir por fases los 400 kilos de uranio enriquecido al 60% que tiene almacenado, en el marco de su participación en un consorcio nuclear regional.
Por otro lado, propone que se levanten las sanciones económicas y a cambio ofrece importar productos estadounidenses y abrirse a la inversión de capitales norteamericanos en gas y petróleo.
Conviene recordar que el acuerdo alcanzado en el 2015 por Barack Obama y el entonces presidente iraní Hassan Rohaní, con el auspicio de Rusia, China, Europa y la ONU, establecía como límite del enriquecimiento de uranio el 3,5%, cifra remotamente lejos del 90% que se necesita enriquecer para la producción bombas atómicas.
Irán estaba cumpliendo lo pactado cuando Trump llegó al gobierno por primera vez y rompió aquel acuerdo histórico.

Irán pasó entonces del 3,5% al 60% acercándose peligrosamente al 90% de enriquecimiento. El responsable de aquel innecesario y gigantesco retroceso fue Trump.
Ahora tiene la posibilidad de enmendarse, aceptando un acuerdo que mejora incluso el alcanzado en el 2015. Aunque casi de manera simbólica, esa mejora (bajar del 3,5 al 1,5) le da al jefe de la Casa Blanca la oportunidad de justificarse de algún modo por haber roto el acuerdo del 2015.
Falta ver si es eso lo que verdaderamente le interesa al magnate neoyorquino, quien ha pasado a usar las tensiones exteriores en su cada vez más complicada política interna.

Con su popularidad en baja, es probable que busque refugiarse en los conflictos. Pero la propuesta iraní tiene un capítulo apuntado a la sed de negocios en el terreno de los hidrocarburos que tiene Trump: abrir a los capitales norteamericanos la exploración y extracción de gas y petróleo.
Allí no terminan las negociaciones. El siguiente capítulo tiene una gran dificultad. Trump quiere el cese total de la producción de misiles balísticos en Irán. Particularmente, los proyectiles que recorren hasta 2000 km, pudiendo alcanzar Israel y cualquiera de las bases norteamericanas desparramadas en el Medio Oriente.
Pero cerrar un acuerdo en el terreno nuclear, que incluya el acceso de capitales norteamericanos a las inversiones en gas y petróleo iraní, además de la apertura de Irán a importar productos norteamericano, realmente ofrece una chance a lo que, de momento, parece una guerra inevitable.


