Esta guerra comenzó cuando se tuvo certeza de que el ayatola Alí Jamenei estaba en la mira y era un blanco seguro. Lo que marcó el inicio fue un ataque de decapitación del régimen. De la caída o muerte de Alí Jamenei depende el éxito inicial de este nuevo conflicto, o su fracaso y por ende prolongación del conflicto, con sus potenciales efectos catastróficos en la región.
La llamada “Guerra de los Doce Días” pudo tener un resultado exitoso para Israel y Estados Unidos, porque aunque el régimen no cayó, la destrucción causada a su programa nuclear y a su estructura militar fue considerable.
Pero esta vez, para que Netanyahu y Trump puedan resultar creíbles al cantar victoria, el resultado del conflicto tiene que ser el cambio de régimen. No el debilitamiento sino la caída de la teocracia chiita y eso es sólo posible con la muerte o la salida del país de su máximo líder y férreo sostenedor del régimen: Alí Hoseiní Jamenei, la máxima autoridad religiosa, y por ende política y militar, de la República Islámica de Irán.
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De tal modo, el ataque comenzó cuando los aparatos de inteligencia israelí tuvieron certeza de que Jamenei estaba en la mira. No obstante, hay señales de que esa primera ola de ataques no habría alcanzado al líder supremo, aunque otros informes señalan que Jamenei podría estar muerto porque el sitio donde se encontraba fue alcanzado por misiles.
Si Jamenei muere y también caen el presidente Masoud Pezeshkian y toda la cúpula de la Guardia Revolucionaria, la guerra podría concluir inmediatamente. Si eso no ocurrió ni ocurre en las siguientes y días, la guerra puede prolongarse. Y si se prolonga, es posible que norteamericanos e israelíes tengan que intentar una invasión por tierra, lo cual genera un horizonte incierto.
Si Jamenei y toda la cúpula militar caen, puede sobrevenir un nuevo régimen que esté controlado por los Estados Unidos, puede seguir el mismo régimen, pero convertido en títere manejado desde Washington, como ocurrió con el régimen chavista tras la captura de Nicolás Maduro, o puede producirse una “libanización” de Irán, como ocurrió con Irak tras la caída de Saddam Hussein y con Libia tras la caída de Muammar Khadafi.
Un Irán en estado de conflicto interno permanente podría perder territorios, por caso el Baluchistán, región que lleva décadas mostrando sus ansias de independencia, y también el Kurdistán iraní, donde el separatismo ha sido reiteradamente aplastado.