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Carlos III brilló en el escenario norteamericano

Durante su visita a Washington el rey británico sorprendió marchando abiertamente a contramano de los posicionamientos de Donald Trump en temas claves como la guerra de Ucrania y Rusia, el cambio climático, la OTAN y el histórico vínculo entre las democracias noroccidentales.

Claudio Fantini
Por Claudio Fantini
30 de abril 2026, 22:10hs
El presidente de Estados Unidos Donald Trump junto al rey Carlos III de Reino Unido.
El presidente de Estados Unidos Donald Trump junto al rey Carlos III de Reino Unido.Por: Manuel Balce Ceneta / AP
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De quién pocos esperaban un sopapo político que sacudiera a Donald Trump, era de Carlos III. Sin embargo, el rey se lo lanzó con elegancia nobiliaria y un toque discreto de humor. Al hablar en el Capitolio y en los agasajos oficiales, el visitante ilustre marchó a contramano de las posiciones del jefe de la Casa Blanca en todas las cuestiones principales de la agenda internacional.

Esas palabras pronunciadas de manera elegante y amable, embelesando a las audiencias norteamericanas, sorprendieron en un monarca al que muchos no imaginaban fuera de lo estrictamente protocolar. Por cierto, para Trump fueron un mal trago, o uno más en la semana que alcanzaron su talón de Aquiles las tres palabras de alto calibre con que el fallido magnicida del Hotel Hilton había cargado el manifiesto que redactó a modo de epitafio.

El atacante que viajó de California a Washington para perpetrar su atentado, tan ambicioso como pésimamente calculado y ejecutado, erró dos de los objetivos que se había planteado: masacrar altos funcionarios y morir baleado por los cientos de agentes encubiertos y guardaespaldas que se encontraban en el salón de la cena de corresponsales. Pero la munición verbal de su “manifiesto” impactaron donde tenían que impactar: el flanco débil que en el presidente constituyen las denuncias de agresiones sexuales que tenía antes de entrar a la Casa Blanca, su servil funcionalidad a Vladimir Putin y su oscuro vínculo con Jeffrey Epstein.

Trump sintió sobre imagen pública el impacto de las tres palabras que sobresalen en el Manifiesto de Cole Thomas Allen, “violador, pedófilo y traidor”. Una imagen de por si manchada por sus vilezas y arbitrariedades, además de negligencias como la que lo extravió en esta guerra contra Irán, donde como dijo el canciller alemán Friedrich Merz, el oscuro y anacrónico régimen de los ayatolas lo está “humillando”.

Carlos III brilló en el escenario norteamericano

Al monarca británico que embelesó audiencias estadounidenses marchando a contramano de las posiciones de MAGA, de ser por su propia naturaleza Trump lo habría tildado de “perdedor” o, como le respondió a la periodista que, tras el atentado en el Hilton, le preguntó lo que pensaba del manifiesto que escribió el autor del fallido atentado acusándolo de “violador, pedófilo y traidor”: no gritó ni gesticuló, pero dijo a Norah O’Donnell que es una persona horrible. “Estaba esperando que leyeras eso porque sabía que lo harías, porque sois gente horrible”, disparó a sangre fría sobre la periodista, sin darse cuenta que esa sordidez lo deja peor a él que a la mujer atacada por haber preguntado lo que cualquier periodista independiente le hubiera preguntado.

De no ser por esas tres palabras en el escrito que Allen dejaba como epitafio y por la pregunta sobre ese punto que le hizo la periodista en la primer entrevista posterior al atentado, cuando lo dejó descolocado los discretos pero agudos contrapuntos que le planteó Carlos III durante su visita.

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Los británicos “tenemos con Estados Unidos todo en común, excepto el idioma”. Como si parafraseara aquella la lúcida ironía de Oscar Wilde en El Fantasma de Canterville, el rey se atrevió a decir en el escenario político norteamericano las razones por las que hoy los gobiernos del Londres y Washington parecen hablar en idiomas diferentes.

Muchos en el Reino Unido y en Europa no podían creer que fuese ese rey insípido quien dijera ante el mismísimo Trump todo lo que ese personaje arrogante y narcisista detesta que le digan.

Algunos hasta se habrán pellizcado para verificar que no fuera un sueño. Y efectivamente, no lo era. Quien cuestionaba las posiciones del magnate neoyorquino en materia de cambio climático, vínculo transatlántico, guerra Rusia-Ucrania, futuro de la OTAN y Caso Epstein, entre otras cosas, era Charles Philip Arthur George Mountbatten Windsor, monarca del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y soberano de los otros catorce reinos que integran la Commonwealth.

El presidente Donald Trump y la primera dama, Melania Trump, en la bienvenida al rey Carlos III y la reina Camilla.
El presidente Donald Trump y la primera dama, Melania Trump, en la bienvenida al rey Carlos III y la reina Camilla.

En la célebre novela de Wilde, el fantasma de Sir Simon Canterville expresa la flemática aristocracia británica, mientras que la familia Otis, llegada desde un país sin aristocracia ni linaje, representa un mundo moderno que no sentía miedo por la presencia espectral que buscaba atemorizarlos, sino que, por el contrario, les causaba gracia.

Lo que Carlos III planteó en el Capitolio y en la Casa Blanca de algún modo parafraseaba en términos de significado la idea expresada por el poeta y dramaturgo de la era victoriana, pero no para resaltar la diferencia entre una alcurnia perezosa y una modernidad impertinente como el cuento aludido, sino para mostrar la diferencia entre la visión geopolítica del actual líder norteamericano y la de los demás miembros de la OTAN, así como también la diferencia abismal entre el modelo iliberal que encarna Trump y la democracia liberal que defienden las centroizquierdas y centroderechas europeas.

Además de rebatir el “negacionismo” del cambio climático de Trump, explicando la urgente necesidad de incrementar la lucha contra el calentamiento global, lo que más le interesó remarcar al monarca británico en Estados Unidos, es el deber moral y la necesidad geopolítica de ayudar a Ucrania frente a la guerra criminal que le impuso Rusia.

El presidente Donald Trump y el rey Carlos III.
El presidente Donald Trump y el rey Carlos III.Por: Chris Jackson | via REUTERS

El discurso del rey dejó en claro que Trump aleja a Estados Unidos de sus aliados europeos, rompiendo un vínculo histórico que ha sido exitoso en términos militares, económicos y políticos. No lo dijo, pero se deduce que Trump lo hace por identificarse ideológicamente con el asesino serial que habita el Kremlin, igual que las ultraderechas quintacolumnistas de Rusia que intentan destruir la UE desde adentro.

Carlo III dijo todo lo que dijo con amable y británica elegancia. Que lo haya aplaudido de pie la totalidad de los legisladores demócratas y buena parte de los republicanos, fue una señal clara del éxito que tuvo su forma de plantear el mensaje de las democracias liberales europeas al líder ultraconservador de la Casa Blanca.

Trump estaba preparado por el coaching para no mostrarse tal como es frente al rey. Hasta tuvo que responder con humor de buenos modales los cuestionamientos que, con tanta lucidez y buen gusto, Carlos III le había planteado en el Capitolio: “felicitaciones, lograste que te aplaudan los demócratas, algo que yo nunca consigo”.

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