La escena es absurda. Como si un marido que maltrata sistemáticamente a su esposa, la humilla y la insulta con las peores barbaridades, se mostrara extrañado y ofendido cuando la mujer le reclama el divorcio. Sonaría sencillamente ridículo.
Así suena el gobierno argentino quejándose al recibir la notificación de que Brasil reduce el nivel de representación diplomática bilateral a nivel de encargados de negocios.
El mundo entero escuchó a Javier Milei insultar a su par brasileño (“corrupto”, “ladrón”, “presidiario”, “basura izquierdista”). También a otras cabezas institucionales de ese país, como el miembro del Supremo Tribunal Federal (TSF) Alexandre de Moraes (“basura calva”), y a los dirigentes y los millones de ciudadanos que votaron al gobierno de Lula da Silva (“zurdos de mierda”).
Quien descargó semejante arsenales de groserías encontrándose en el país de los insultados y repitiéndolas desde Argentina ni bien regresó de Brasil, se sorprendió y consideró una desmesura la reacción diplomática del gobierno brasileño.
Adjudicándose un supuesto pacifismo político, el comunicado de la Cancillería se refiere a “episodios” que Argentina (el gobierno de Milei) “eligió no convertir en incidente diplomático”. Y añadió, como si fuera una evidencia de vocación pacificadora, que “nunca respondimos a una diferencia política con una medida institucional”.
Es exactamente al revés: lo irracional, lo violento, es insultar y lanzar acusaciones estridentes, mientras que llevar las diferencias al terreno diplomático es lo racional, lo que encuadra una crisis en un marco institucional.
Parece una broma. Milei responde a las diferencias políticas con insultos groseros, con violencia verbal y gestual inusitada. Y lo justifica diciendo que Lula financió a Sergio Massa en la última elección presidencial.
No hay evidencias de que eso haya ocurrido, pero si así fuere, denunciarlo como lo que es (una injerencia cuestionable) no sería Milei el más adecuado para denunciarlo. El mundo enteró vio como Donald Trump y el titular del Tesoro, Scott Bessent, dieron vuelta sobre la hora la elección legislativa de octubre, anunciando un aporte megamillonario a la Argentina y condicionándolo a que los argentinos voten a los candidatos de Milei.
Además, si Massa recibió dinero de Lula en la campaña electoral, es posible que parte de ese dinero haya terminado en la campaña de Milei, dado que Massa colaboró con el candidato ultraconservador calculando que le sacaría votos al PRO. Y en eso acertó. Lo que calculó mal es que le sacaría demasiados votos al PRO y terminaría entrando al ballotage y triunfando.

Parece una broma. Milei se ofendió por las consecuencias diplomáticas que tuvieron sus ofensas al país vecino. Ofensas que reiteró a su regreso de Sao Paulo, durante una de esas entrevistas en la que el entrevistador le tira centros para que el entrevistado diga exactamente lo que quiere decir.
La reacción del presidente brasileño a las ofensas proferidas por Milei en Sao Paulo fue convocar a su embajador a consultas. Como a renglón seguido, Milei repitió esas ofensas, esta vez desde territorio argentino, Lula dio el paso siguiente: retirar al embajador y reducir el vínculo diplomático al nivel de representante de negocios.
Es imposible ver esta disputa como Milei pretende que se vea. Según el comunicado oficial argentino, el gobierno de Brasil “continúa aislándose de la región por razones puramente ideológicas”, pero la realidad es que Lula tiene buenas relaciones con todos los mandatarios de la región. Sólo Trump declaró la guerra política al presidente brasileño, bombardeándolo con aranceles. Y en Sudamérica, Javier Milei replica la política del jefe de la Casa Blanca hacia el presidente brasileño.
La política exterior de Lula tiene aspectos muy cuestionables. Es reacio a criticar dictaduras izquierdistas y, sobre todo, pone su vínculo con Vladimir Putin (estratégico por la dependencia de Brasil de ciertos productos rusos) por sobre la mirada justa respecto a la guerra en Ucrania que inició Rusia con una sangrienta invasión.

Pero Milei no le critica eso, sino que lo acusa de acciones “contra Argentina” sin presentar ninguna prueba. Le critica ser “zurdo” y “basura socialista”, pero la cancillería dirigida por Pablo Quirno dice que Lula “se aísla en la región por razones ideológicas”.
Todas las afirmaciones de Milei y de su canciller chocan contra lo evidente y contra el sentido común. Lo que está a la vista es que Trump necesita desesperadamente sacar de la cárcel a Jair Bolsonaro, porque por una razón idéntica (lanzar turbas sobre los edificios legislativos para perpetrar golpes de Estado) el también podría terminar condenado. Por eso el jefe de la Casa Blanca promueve de distintas formas el triunfo de Flavio Bolsonaro en octubre. Y uno de los instrumentos que está utilizando con ese fin es el presidente argentino.



