Mientras sigue la lluvia torrencial de bombas y misiles sobre todos los puntos del extenso mapa iraní, el consejo de expertos que debe elegir al sucesor de Alí Jamenei, el ayatola muerto el sábado. La elección del nuevo líder supremo será un mensaje en sí mismo que dirá si el régimen quiere una salida negociada o está dispuesto a continuar la guerra aunque eso implique inmolarse.
La última posibilidad no puede descartarse. Por su ideología radical y su nivel de fanatismo exacerbado, la teocracia persa puede actuar como un régimen jihadista dispuesto a martirizarse.
De los nombres en danza para ser líder supremo, está el de Moqtada Jamenei, hijo de quién lideró el país desde 1989 hasta su muerte, el sábado 28 de febrero.
Algunas voces cercanas a él lo describen como progresista y dialoguista, pero haber sido tan apegado a su padre y ser tan cercano al ultra radical Consejo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), hacen sospechar lo contrario.
El asenso a la cumbre del poder de Muqtada Jamenei sonaría a grito de guerra, al menos en un primer momento. Que junto a su padre, hayan muerto bajo el fuego norteamericano-israelí su madre, su esposa y su hijo, sugiere un rencor incontenible que agravaría su presunto fanatismo. Aunque no se puede descartar que finalmente resulte lo contrario.
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Si la Guardia de la Revolución Islámica, el brazo militar más poderoso de la teocracia persa, está evaluando que sus arsenales no le alcanzarán para mantener el pulso contra Israel y Estados Unidos hasta que la crisis de la economía global los obligue a poner fin al conflicto, probablemente haya decidido no inmolarse en una guerra perdida y virar hacia un régimen cuya moderación le permita sobrevivir. Entonces Moqtada podría ser el ideal, precisamente porque su apellido impone el alineamiento de todas las facciones y le da autoridad para emprender un viraje fuerte sin ser considerado un traidor a la teocracia del chiismo duodecimano.
Fue el general Charles De Gaulle quien pudo poner fin a la guerra contra el Frente de Liberación Nacional (FLN) y conceder la independencia a Argelia. Del mismo modo que fue el general Yitzhak Rabin, arquitecto junto a Moshé Dayán de la victoria israelí en la Guerra de 1967, quien pudo negociar con la OLP en Oslo y conseguir un acuerdo relevante. ¿Sería ese el rol del ayatola Moqtada Jamenei si lo encumbraran al liderazgo supremo?
Todo es posible. También que termine convirtiéndose en líder supremo Hassan Jomeini, nieto del ayatolá que lideró la revolución que en 1979 derribó la monarquía y al sah Reza Pahleví, creando la República Islámica.
A Hassan Jomeini lo describen como dialoguista, moderado y cercano a líderes reformistas ya relegados, como los ex presidentes Mohamed Jatami y Hassan Rohani.
Portar ese apellido también le da el áurea necesaria para imponer su liderazgo y encaminarse hacia una etapa moderada y dialoguista del régimen.
También ronda el nombre de Reza Arafi, actual miembro del triunvirato que también integra el presidente Masoud Pezeskián y actúa como máxima instancia del poder en la transición hacia el nuevo líder supremo. Arafi tiene apoyos en las vertientes radical y moderada, pero por estas horas no es seguro que se encuentre con vida.
A la última palabra la tendrán los 88 clérigos del Islam chií que componen la Asamblea de Expertos, el ámbito donde se podría estar decidiendo el futuro del conflicto en marcha a través de la elección del nuevo líder supremo.