La administración Trump está dando por terminada la guerra. El secretario de Estado Marco Rubio, la figura más seria y equilibrada de ese equipo donde predomina la obsecuencia, el desquicio y la desmesura, se adelantó en ese planteo.
En las últimas horas, salió a decirlo Pete Hegseth, desconocedor del tablero geoestratégico, propenso al fanatismo delirante y a las expresiones estridentes. Por eso lo que diga Hegseth resulta más representativo de lo que piensa Trump, que lo que diga Rubio.
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De tal modo, a esta altura, es posible afirmar que la Casa Blanca está buscando poner fin al conflicto al que ya da por terminado. Aunque el régimen iraní sigue bloqueando el Estrecho de Ormuz, atacando embarcaciones, incluidos buques de guerra norteamericanos, y lanzando misiles sobre el territorio de Emiratos Árabes Unidos (EAU).
La realidad visible desmiente las afirmaciones de la Casa Blanca, justificando poner fin al conflicto por haber alcanzado todos sus objetivos. Si el régimen sigue en pié, sin rendirse ni desbloquear el estrecho y tampoco deja de actuar de manera desafiante, entonces el objetivo de “destruir el régimen” o lograr “su capitulación incondicional y total” no se ha cumplido.

Peor aún: los esfuerzos norteamericanos, diplomáticos y militares, por estas horas se concentran en desbloquear el Estrecho de Ormuz. Un gravísimo problema provocado por esta guerra, que comenzó al promediar la segunda semana del conflicto - guerra y fue aplicado por el régimen iraní como instrumento de presión.
O sea que la prioridad de Trump ahora es la solución a un problema que creó la guerra que él comenzó en medio de negociaciones que se realizaban en Ginebra.
De lograr resolver este problema, la situación en la yugular del petróleo volvería a ser como era hasta la segunda semana de esta guerra. Y según la propia Casa Blanca, reabierto se comenzará una larga negociación sobre los demás temas, que podrían incluir nada menos que el que hizo detonar este conflicto: la supuesta capacidad iraní para construir armas nucleares en breve.

O sea que, en la negociación de largo plazo, es posible que Trump logre retrotraer la situación a como era en el año 2018, cuando Netanyahu lo convenció absurdamente de romper el acuerdo nuclear que habían firmado Obama y el moderado presidente Hassán Rohani en el 2015, que apoyaba el mundo entero, con excepción del gobierno israelí.
Ese acuerdo se estaba cumpliendo cuando el magnate neoyorquino pateó el tablero generando el desaguisado que debilitó el ala moderada del régimen y fortaleció al ala fanática, la que encontró la justificación para poner fin a las inspecciones de la OIEA y enriquecer uranio al 60%, acercándose al nivel que permite hacer bombas atómicas.
Por cierto, todo puede cambiar de un momento a otro. El régimen iraní debe administrar de manera inteligente y cuidadosa la posición ventajosa que adquirió en esta guerra. Abstenerse de lo que bien podría presentar como una victoria suya sobre la principal potencia militar del mundo. Si no administra bien sus logros, Trump podría ir a por todo y lanzar una guerra de devastación total sobre el país persa.
Si Irán logra administrar esta situación calamitosa para Estados Unidos, quedará mucho mejor posicionada en el nuevo tablero geopolítico, en el cual Arabia Saudita renunciará definitivamente a firmar los Pactos de Abraham por estar más cerca de integrar con Turquía y Pakistán una alianza muy cercana a China que constituirá una zona de amortiguamiento y no de enemistad con Irán.



