Llora desconsoladamente con la frente y las manos apoyadas en el Muro de los Lamentos, baila dando saltos frenéticos con ortodoxos de sacos negros y rulos tirabuzón, canta una canción de Nino Bravo como si fuera un rock metálico de Black Sabbath o Iron Maiden, recibe distinciones y abrazos de Netanyahu. Son días de éxtasis.
Javier Milei lo vive como si fuera Israel, la nación israelí, la que lo agasaja, lo mima, lo exhibe y le festeja todo. En realidad es un sector muy inferior a la mayoría de los israelíes. En la Knesett, sólo el ala más derechista del Likud y los partidos fundamentalistas aplauden al presidente argentino. En el resto del arco político, el sentimiento es diferente. Entre los dirigentes que van desde el progresismo hasta el centro y el centroderecha, cuando Milei llora a moco tendido en el Muro, o salta como enajenado abrazándose con ortodoxos, o canta una canción melódica como si fuese un tema de Kiss, la mayoría siente lo mismo que sienten muchísimos argentinos: vergüenza ajena.
Es evidente que las distinciones, los aplausos ante sus electrizantes actuaciones musicales, los abrazos y la emoción cuando lo ven llorando en el Muro se circunscribe al “núcleo duro” de apoyo al gobierno que encabeza Netanyahu y sostiene un puñado de partidos del extremismo religioso. El resto de los israelíes ignoran la presencia de Milei, se preocupan por ella o se asoman con curiosidad a sus desopilantes escenas. En todo caso, es obvio que si el gobierno israelí lo invita tanto y lo hace agasajar tanto, es porque casi ningún líder del mundo libre y democrático visita Israel en rechazo a la radicalización de Netanyahu y a la agresiva colonización de Cisjordania a través de violentos colonos que serán el instrumento de la destrucción final de la Solución de los Dos Estados.
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De algún modo, eso expresó en estos días el diario Haaretz, diciendo que “con amigos como Javier Milei” se acentúa y también se hace más notable el aislamiento internacional que el gobierno ultraconservador le está causando a Israel.
Ese aislamiento en el mundo, al que se suma una ola de críticas y cuestionamientos que exhiben el daño producido sobre la imagen de Israel en las últimas, es precisamente lo que hace que el gobierno de Netanyahu y sus socios fundamentalistas inviten todo el tiempo a uno de los pocos líderes extranjeros que va a mostrarse como un fan de ese gobierno abocado al expansionismo territorial violento.
Por cierto, si Milei se enteró de lo que publicó Haaretz, quien además desarrolló una visión muy crítica de la marcha del gobierno ultraconservador de Argentina, habrá restado gravedad diciendo que es un diario “zurdo”.

Por cierto Haaretz ha expresado siempre a la centroizquierda, que es el espacio político que creó Israel bajo el impulso de los kubutzin y moshavin que existieron antes de que exista el Estado de Israel, creado y gobiernado por década y media por el líder del Mapai (posterior Partido laborista), David Ben Gurión.
También Haaretz es anterior al estado israelí, que nació en 1948 mientras que el diario en cuestión fue creado en 1919. Con sus 107 años de existencia, es uno de los diarios más importantes de ese país del Oriente Medio y jamás ha sido de visiones sectarias. Si Haaretz elogiaba o criticaba tal o cual gobierno, no era por ser del Likud o del partido laborista, o del Meretz o de Kadima. Elogiaba si había algo que elogiar y cuestionaba si encontraba algo cuestionable.
En lugar de repudiar esa publicación, el presidente haría bien en entender cabalmente la razón de las invitaciones y distinciones que recibe, que sus agasajadores no son “los israelíes”, sino el núcleo duro de la derecha agresivamente expansionista que gobierna, y que lo hacen porque es de los pocos gobernantes de países democráticos que actúa como el presidente del club de fans de Netanyahu.



