A partir de este lunes, la tregua en la guerra del Oriente Medio transitará por una cornisa. Los buques de guerra norteamericanos comienzan a escoltar navíos petroleros a través del Estrecho de Ormuz y el riesgo de batallas navales se elevará con cada cisterna escoltado que logre atravesar esa yugular geográfica de los hidrocarburos.
¿Se atreverán las lanchas artilladas de la República Islámica a atacar buques estadounidenses que escolten navíos con petróleo de los países árabes? ¿Qué pasará si alguna de las naves de guerra o sus escoltados choca una de las miles de minas marinas diseminadas en esas aguas por los iraníes?
Mientras esas preguntas crecen, la tregua entre Estados Unidos y la teocracia persa sigue, pero no porque haya alguna señal de disposición a negociar un acuerdo que dé por terminado el conflicto, sino porque ni la administración Trump ni el régimen iraní tienen ganas de romperla.
Por distintas razones, ambas partes parecen cansadas de esta guerra, pero no saben cómo salir de ella. El gobierno republicano evidencia un agotamiento político, mientras que del lado iraní hay una fatiga militar y económica. Pero no el uno ni el otro están dispuestos a aceptar nada que los haga aparecer como derrotados antes los ojos de sus propios pueblos y del mundo.
Por eso es que, tanto la Casa Blanca como el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, que son los centros del poder en Estados Unidos y en Irán, no han presentado ninguna propuesta de negociación que sea de verdad eso: una propuesta para negociar el final del conflicto. Lo que ambos centros de poder han presentado hasta ahora como propuestas para negociar la paz, han sido en realidad exigencias de rendición incondicional de la otra parte.
Ocurre que la institucionalidad norteamericana y la debilidad política de Trump dificultan las posibilidades que ofrece a las fuerzas de Estados Unidos su abrumadora superioridad militar. Por eso aunque no logra avanzar con sus propuestas, el presidente se resiste aceptar una negociación que le requiera concesiones que lo mostrarían derrotado por Irán, o que dejarían sin justificación la costosa guerra que inició.
Por su parte, el régimen iraní se encuentra ante una disyuntiva similar, pero con los términos de la ecuación invertidos. La debilidad económico-militar que le ha causado esta guerra, limita su mejor posición política para continuar en el conflicto hasta que sus enemigos se agoten del todo. Por ser una dictadura religiosa fuertemente represiva, el régimen iraní no tiene que lidiar con la opinión pública, ni con la crítica de la prensa, ni con una verdadera oposición. Tiene las manos libres para someter a su pueblo a un sinfín de calamidades hasta lograr algo que se parezca a una victoria sobre sus dos poderosos enemigos. De todos modos, sus fragilidades militares y económicas le quitan energía para romper la tregua.
Tanto en Washington como en Teherán están agotados de esta guerra, pero no pueden salir de ella como les gustaría: con alguna razón visible para ser percibidos como los ganadores del conflicto.
En todo caso, está más complicado el que empezó esta guerra y por esa razón quedó más cuestionado y aislado en el mundo: Donald Trump. Por el contrario, siendo un régimen brutalmente represivo y retrógrado, el liderazgo iraní se ha encontrado con un nivel de respaldo y de solidaridad internacionales que no había tenido jamás.
Eso lo tienta a mantenerse intransigente frente a las demandas de la Casa Blanca. Y si bien la realidad puede dar giros copernicanos, de momento Trump parece encaminado a salir de este conflicto con una realidad idéntica a la que imperó entre el 2015, cuando Barack Obama y Hassan Rohani firmaron un acuerdo con inmenso apoyo mundial.
Por ese acuerdo, Irán aceptaba enriquecer uranio sólo en niveles muy inferiores a los que se necesita para objetivos militares y hacerlo bajo estricta vigilancia de la OIEA (Organización Internacional de Energía Nuclear), recibiendo como contrapartida el levantamiento de sanciones por parte de Estados Unidos.
A partir de esa exitosa negociación, en Irán cobró fuerza el sector moderado encabezado por el propio Hassan Rohani y con figuras como el ex primer ministro Mir Hussein Mousavi y el ex presidente Mohamed Jatami, por sobre el ala más fanática donde hay figuras como el ex presidente Mahmud Ahmadinejad y ese reducto infeccioso de halcones que es el Cuerpo de la Guardia de la revolución Islámica.
Ese acuerdo se cumplió hasta que Trump llegó a la presidencia y lo rompió sin una justificación seria. A partir de entonces, los fanáticos recuperaron su gravitación total sobre el país, marginaron a los moderados y comenzaron a enriquecer uranio hasta niveles cercanos a los que requiere su uso militar.
De momento, lo máximo que parece estar en condiciones de lograr Trump es dejar la situación tal cual era cuando él, empujado por Netanyahu, pateó el tablero de lo acordado en 2015 por Obama y Rohani.
Pero todo puede cambiar si una chispa enciende nuevamente el conflicto y Donald Trump se siente obligado a lanzar bombardeos de tierra arrasada o, más riesgoso aún, a colocar tropas sobre el territorio iraní.