Por un lado está la intención política y los errores de cálculos que implica, pero por otro está lo que implica en la mirada histórica y su predicción a futuro. Suiza es el primer país del mundo en el que se planteó la necesidad de poner un techo al crecimiento demográfico.
Este domingo, los helvéticos acudirán a las urnas a pronunciarse sobre la propuesta del conservador Partido Popular Suizo (SVP) de establecer en diez millones el límite de su población en el 2050. Contra la iniciativa derechista se alineó el oficialismo y el resto de la oposición, defendiendo la continuidad de la política de fronteras abiertas que en los últimos años produjo un crecimiento demográfico sumamente acelerado.
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La idea del SVP tiene un objetivo claramente xenófobo, porque en Suiza el crecimiento de la población está determinado por la inmigración desde los otros países europeos y el gruesos de las argumentaciones son falaces, según el resto del arco político.
Desde el oficialismo a la oposición no derechista, se sostiene que es falso que sea la inmigración europea la que hizo crecer los precios de los alquileres de vivienda y deterioró servicios públicos en el campo de la salud y la educación. Los que promueven el voto contrario al techo poblacional explican, además, que los inmigrantes europeos potencian el crecimiento y la modernidad de la economía helvética.
Parece claro que la dirigencia del PSV se identifica con los liderazgos xenófobos del resto de Europa y de las Américas, cuyo máximo exponente entre los gobernantes es el presidente norteamericano Donald Trump.
Aún así, hay un punto en el que el referéndum de este domingo se vuelve interesante incluso más allá de las fronteras suizas. Sus impulsores explican que, de superarse el techo de diez millones de habitantes, Suiza dejará de ser Suiza en términos paisajísticos y medioambientales. Lo que parece a todas luces cierto y constituye un pequeño y aislado ejemplo de lo que implica la sobrepoblación a escala mundial. Algo sobre lo que alertó desde fines del siglo 18 Thomas Malthus en su libro “Ensayo sobre el principio de la población”, donde explica que la población crece en proyección geométrica mientras que los recursos para su subsistencia lo hacen en proyección aritmética y las consecuencias que esto tendrá en la humanidad de no lograrse un control demográfico.
La misma preocupación llevó a Deng Xiaoping a la Política del Hijo único, establecida en 1979 para frenar el crecimiento demográfico en las urbes de China.
Desde que ese control estricto de la natalidad en el gigante asiático dejó de regir para revertir una de sus consecuencias (el envejecimiento poblacional y sus efectos negativos en el sistema de jubilaciones y pensiones), en muchos puntos del planeta desaparecieron montes y bosques para establecer sembradíos que produzcan soja y otros productos ligados a la dieta china, porque el aumento de la población y del poder adquisitivo de los chinos lo demanda.
EL PVS tiene una intención xenófoba y comete notables errores de cálculo respecto a lo que propone. Pero algo parece indudablemente cierto, más allá de la exactitud que refleje la cifra: por encima de una determinada cantidad de población, Suiza deja de ser Suiza en términos paisajísticos y medioambientales. Lo prueba el desmonte a escalas continentales que provocó en el planeta el último salto demográfico-económico de China. Y eso implica que, más temprano que tarde, el mundo debería reinventarse en términos económicos y sociales, incluyendo un techo infranqueable al crecimiento poblacional.
Tal como está organizada la economía mundial y las de los países, para funcionar se necesita que la población mundial siga creciendo. El problema es que si no ha sobrepasado ya el límite transpuesto el cual se altera totalmente el equilibrio zoológico y ambiental, está muy cerca de hacerlo. Y una vez transpuesto ese límite, la especie humana entrará en un terreno desconocido que, entre otras acechanzas, incluya su propia extinción.

