“Cada palabra tiene consecuencias, cada silencio también”, escribió Jean-Paul Sartre en el primer número de Los Tiempos Modernos, la publicación de temas filosóficos, literarios y políticos y filosóficos que dirigió el filósofo existencialista francés. El lúcido ensayo apuntaba no sólo a los portadores de palabras con gran capacidad de daño, sino a quienes frente a esas palabras y sus trágicas consecuencias guardaban silencio.
El ejemplo que puso el autor de La Náusea y El Existencialismo es un Humanismo apuntó a dos grandes escritores del siglo XIX: Gustave Flaubert y Edmond Goncourt, a quienes atribuyó responsabilidad en la sangrienta represión que puso fin a la Comuna de París. “Podrán decir que ese no era asunto suyo”, señaló Sartre, preguntándose a renglón seguido, “¿acaso el proceso a Jean Calas era asunto de Voltaire y el caso Dreyfus era asunto de Zola? Se refería a la parodia de juicio que condenó a muerte a un protestante de Toulouse, por el hecho de ser protestante, y a la parodia de juicio contra el capitán Alfred Dreyfus, condenado a la Isla del Diablo en realidad por ser judío y estar en el ejército de Francia.
+ MIRÁ MÁS: Estados Unidos suspendió las citas para visas en todo el mundo y endurece los controles migratorios
Lo cierto es que tanto Calas en el siglo XVIII como Dreyfus en el siglo siguiente fueron víctimas de un tiempo plagado de discursos de odio. Y los que guardaron silencio en lugar de reaccionar repudiando las palabras cargadas de pólvora, de algún modo fueron cómplices.
La historia se repitió en la primera mitad del siglo XX, cuando la Primera Guerra Mundial allanó el camino a los discursos de odio del fascismo y el nazismo. De eso habló Hanna Arendt en su libro “Hombres en tiempos oscuros”, donde planteó que esos son los momentos de la historia “en los que los peores pierden el miedo y los mejores pierden la esperanza”.
El liderazgo de Donald Trump hizo que los racistas, los misóginos y los homofóbicos, además de los negacionistas del cambio climático, perdieran el miedo y llenaran las redes y otros medios de comunicación de insultos y menosprecio a todos los que no estén en esas veredas.
Como un efecto Big Bang, el discurso de Trump potenció en Brasil al bolsonarismo, que sacó del placard enjambres multitudinarios de personas abrazadas a visiones recalcitrantes y cargas de desprecio hacia las diversidades de la especie humana. El efecto llegó también a la Argentina, donde influencers y streamings partidarios del Presidente que describió a un moderadísimo periodista crítico como excremento humano mal defecado, pero usando palabras más procaces y escatológicas, dicen en sus espacios que hay que tirar napalm en el conurbano bonaerense, donde también proponen campañas de esterilización forzosa y usan la palabra “mogólico” como insulto a quienes critican el gobierno.
Estas incontinencias barbáricas son tan graves como el silencio de la oposición o la tímida muestra de un estupor que no refleja en absoluto la gravedad de lo que significa esta barbarie retórica.
Sus admiradores en el hemisferio sur superaron el caudal de barbaridades dichas por el actual jefe de la Casa Blanca. Quizá aparezcan mencionados en el libro que algún día compilará la interminable colección de frases cargadas de desprecio y violencia, además de direccionadas a contramano del sentido común.
Aquí van algunos ejemplos: “El cambio climático es la mayor estafa de la historia”; “aniquilaremos a una civilización completa”, “a Omán la bombardearemos hasta hacerla mierda”; “esos países son agujeros de mierda”, “los mexicanos nos están invadiendo”; “cállate chanchita” (a una periodista); “eres una estúpida” (a otra periodista) y “me encanta el olor de las deportaciones”.