Soy pañuelo celeste. Lo aclaro sin medias tintas para evitar que quien lea estas líneas piense que busco defender las ideas de quienes impulsaron la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. No tengo nada contra ellos. Respeto su forma de pensar, aunque no la comparto. Tampoco estoy demasiado seguro de que mi opinión sea relevante en esta discusión.
Dicho esto, considero interesante abrir el debate sobre las recientes declaraciones del presidente Javier Milei en el Council of the Americas.
“Estamos pagando muy caro la locura de los pañuelitos verdes. Hoy Argentina no llega a una tasa de crecimiento en la población y de natalidad que permite la reposición”, dijo el mandatario.
“La pasión por asesinar niños en el vientre de la madre nos está costando caro en términos de crecimiento y ni les cuento en el sistema previsional”, agregó.
Más allá de la discusión ideológica sobre el aborto, el presidente aborda un tema clave que va a implicar enormes cambios, cuyos efectos empezarán a notarse con mayor claridad en los próximos años.
El derrumbe de la tasa de natalidad y el envejecimiento de la población van a traer desafíos que la Argentina cortoplacista en la que estamos sumergidos no está preparada para afrontar. Desde ese punto de vista, bienvenido sea que Milei instale el tema en la agenda. A ver si se nos prende la lamparita y empezamos a cranear soluciones para semejante problemón que se nos viene encima.
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Lástima que el presidente queda encerrado en su propia incoherencia.
Javier Milei no tiene hijos y, hasta donde sabemos, tampoco piensa tenerlos. Su hermana tampoco. Si la “reposición” de la que habla el líder libertario dependiera de él, estamos fritos.
Sus perros —o “hijos de cuatro patas”, como suele llamarlos— no hacen aportes previsionales, no pagan impuestos ni aumentan el PBI. Desde esta perspectiva, Milei es parte del problema y no de la solución.
Si tanto le preocupa al presidente el crecimiento poblacional, quizá podría empezar por predicar con el ejemplo. Tal vez resulte más útil que responsabilizar a quienes eligieron construir un proyecto de vida sin hijos.
Pero hay algo todavía más importante: la caída de la tasa de natalidad no puede explicarse solamente por la ley del aborto. Es un fenómeno mucho más complejo, que atraviesa cambios culturales, económicos y sociales. La Argentina no solo tiene menos nacimientos: tiene una población que envejece y una estructura demográfica que está cambiando aceleradamente.
Habrá menos trabajadores para sostener a una población cada vez más envejecida, mayores presiones sobre el sistema previsional y nuevos desafíos para la salud, la educación y las políticas públicas.
Hay que empezar a discutir en serio cómo nos vamos a adaptar a una realidad que llegó para quedarse.
Bienvenido el debate. Aunque, me parece, empezamos mal


