A la Argentina llegó como una bocanada de esperanza. El presidente de Estados Unidos advirtió a Gran Bretaña que está dispuesto a cambiar su posición de neutralidad respecto a la cuestión Malvinas, si el gobierno británico no incrementa sus gastos militares de manera significativa.
Por cierto, sería de crucial importancia para el país que la superpotencia occidental pase de una neutralidad que no es tal, porque en los hechos ha implicado siempre una mayor cercanía de Washington con Londres en lo referido a las islas del Atlántico Sur. Las posibilidad argentinas de lograr una significativa presión internacional en Naciones Unidos y demás foros internacionales, con el músculo diplomático norteamericano a su favor, crecerían notablemente, lo que incrementaría las chances de recuperar la soberanía sobre las islas ocupadas por los británicos en 1833, cuando arriaron la bandera de la entonces llamada Provincias Unidas del Río de la Plata y expulsando la guarnición militar allí presente.
Pero la esperanza que causó ese mensaje que partió de Washington hacia Londres debe estar acotada por lo que implica su autor y por el contexto en el que aparece el mensaje a Londres. Es un mensaje de Donald Trump, un gobernante que cambia de posiciones permanentemente y no se ruboriza de negar por la tarde lo que había afirmado a la mañana. Por otra parte, si se contextualiza el mensaje, se ve claramente que no se trata de un anuncio sino de una advertencia: Estados Unidos abandonará su tradicional “neutralidad” si el Reino Unido no incrementa sus gastos militares de manera sustancial.
De tal modo, el jefe de la Casa Blanca está diciendo que, si Londres incrementa el porcentaje del PBI que dedica a la OTAN y al armamentismo británico, todo seguirá como hasta ahora respecto a la cuestión Malvinas, y los argentinos saben que si todo sigue como hasta ahora, nada la estará acercando a la recuperación de las islas.
Además, la exigencia de Trump a Londres ni siquiera está referida a lo aludido en el contexto en que se da el mensaje: el gasto en defensa. La verdad es que el presidente norteamericano detesta al gobierno laborista británico y a la enemistad ideológica que le profesó al anterior primer ministro, Keir Starmer, y continuó profesando al actual, Andy Burhnam, le agregó la indignación que le produjo el rechazo del gobierno laborista británico a acompañar a Estados Unidos en la guarra contra Irán.
En abril, cuando el Reino Unido le negó a Estados Unidos el uso de sus bases en territorio británico para que despegarán desde allí aviones bombarderos que actúan en la guerra contra Irán, un documento interno del Pentágono planteó usar el tema Malvinas como castigo a Londres.
Allí, en el Departamento de Defensa y no en la Casa Blanca, además de ser consecuencia de la postura británica en el conflicto con Irán, y no en la discusión sobre los costos de la OTAN, surgió la postura que ahora masculló de manera audible Donald Trump.
La postura de Londres sobre la guerra con Irán fue la gota que rebasó el vaso colmado de rencor que embriaga la mirada de Trump hacia el gobierno británico. Eso implica que su anuncio sobre Malvinas podría quedar en la nada si mañana, o el año próximo, hubiera elecciones y ganara el cargo de primer ministro su amigo ultraconservador Nigel Farage, a quién el magnate neoyorquino apoyó abiertamente en su lucha para sacar al Reino Unido de la Unión Europea. Incluso bastaría con que vuelvan los tories al 10 de Downing Streat y empiecen a apoyar incondicionalmente sus derivas en el tablero mundial para que Donald Trump se olvide de lo que dijo sobre Malvinas.