Ser “más inepto y corrupto que Trump parece imposible desde un punto de vista filosófico, cognitivo y biométrico”, afirma Frank Bruni. Conversando con Bret Stephens, su colega en The New York Times, el lúcido analista político explicó que el magnate neoyorquino intenta convertir a Estados Unidos en una mezcla de Freddy Krueger y Homero Simpson.
La negligencia del jefe de la Casa Blanca quedó nuevamente evidenciada en un violento tuit que publicó en su red, en el que aparece golpeando brutalmente y en el suelo al primer ministro canadiense Mark Carney. Si la degradación cultural no estuviera volviendo obtuso a occidente y degradando su democracia liberal, la imagen que difundió Trump golpeando y humillando a Carney habría colmado de estupor el orbe. Solamente una capacidad intelectual muy tenue está imposibilitada de impedir en un líder mundial el impulso de expresar sus instintos más brutales.
A pesar de esos rasgos hay líderes en el mundo que admiran al máximo exponente de la ola iliberal que recorre el orbe. Muchos lo adulan cuando lo encuentran en una cumbre, no porque lo crean inteligente y visionario, sino porque consideran que es la única forma de obtener algo de una mente obtusa con delirios de grandeza.
Javier Milei, Abelardo de la Espriella y el clan Bolsonaro pujan por representarlo en Sudamérica. Creen en Trump y no ven otro de sus rasgos: la traición. Canadá es precisamente uno de los traicionados por el líder de MAGA, ya que se trata de un país verdaderamente hermano de los Estados Unidos, al que Trump humilla cotidianamente diciendo que debe aceptar ser el estado 51 de la Unión.
La lista de traicionados por este presidente norteamericano es larga. Incluye casos crueles, como abandonar a los kurdos que heroicamente pelearon en el noreste de Siria contra ISIS. La lucha de los peshmergas (combatientes kurdos) les daba, cuanto menos, el derecho a un territorio autónomo. Pero, olvidados por Washington, debieron renunciar al tan ansiado Rojava, el Estado autónomo que habían pagado con ríos de sangre.
Con el ego herido por no haber recibido el Nobel, traicionó a María Corina Machado y la dejó fuera hasta del diálogo entre dirigentes democráticos y el régimen facineroso que lideraba Maduro y ahora lideran los nuevos amigos de Trump en su virreinato caribeño: Delcy Rodríguez, su hermano Jorge y Diosdado Cabello.
El impresentable salto en garrocha que dieron esos chavistas fue más largo que el que dio Javier Milei respecto a Malvinas. “Anglófilo y admirador de Thatcher”, lo definió Boris Johnson, ex primer ministro británico al que Milei exhibió desde el balcón de Casa Rosada cuando visitó Buenos Aires.
Las encuestas muestran que al menos 6 de cada 10 argentinos lo ven como una jugada oportunista. Lo mismo planteó The Wall Street Journal y muchos medios del mundo, coincidiendo en interpretar que fue la posición amenazante que asumió Trump hacia Londres por que le negó apoyo en la guerra contra Irán, lo que motivó el giro copernicano del presidente argentino, además de la necesidad de revertir la caída de su popularidad que muestran las encuestas.
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Lo que debiera tener en cuenta Milei es que la naturaleza de este presidente norteamericano incluye la traición. De hecho, desconcertó que, al día siguiente de la cadena nacional del presidente argentino, Trump tuiteara una foto en la que sale junto a Carlos III y Camila Parker Bowles, o sea los reyes británicos. Y días después mantuvo una larga conversación con el primer ministro del Reino Unido, Andy Burnham, en el que abordaron temas como la guerra Rusia-Ucrania y la OTAN, pero nada sobre Malvinas.
Argentina debe mantener las tardíamente asumidas políticas de presión sobre Londres por el petróleo del Atlántico Sur. Pero debe estar alerta sobre los cambios constantes del presidente norteamericano. La negligencia, la inmoralidad y la brutalidad son rasgos permanentes en Donald Trump, el cumplimiento de su palabra y sus compromisos no.