“Robó, huyó y lo pescaron”. Este capítulo de la atribulada historia política paraguaya podría titularse como la película que guionó, dirigió y protagonizó Woody Allen. La diferencia de Virgil Starkwell, el peor ladrón del mundo en aquel film rodado en 1969, el presidente paraguayo que se derrumbó súbitamente, es que el personaje de Allen fracasaba sistemáticamente en todas sus aventuras delincuenciales, mientras que Santiago Peña coleccionó éxitos en materia de construcción de poder, hasta que estalló junto con la burbuja financiera que había disfrazado de banco.
Creció como economista siendo funcionario del Banco Central del Paraguay y luego del Fondo Monetario Internacional. Antes de que ese joven economista en 2015 se convirtiera en ministro de Hacienda del gobierno de Horacio Cartes, había integrado el directorio de un banco ligado a ese millonario empresario que ejerció la presidencia del 2013 al 2018.
Por suerte para Cartes, cuya formidable fortuna amasada en múltiples negocios siempre tuvieron zonas opacas, al llegar a la presidencia Santiago Peña rompió públicamente con el impulsor de su candidatura. El hecho es que desde la cúspide del poder, el joven y exitoso economista hizo crecer con anabólicos estatales una entidad financiera de la que era accionista.
En el 2019 compró una parte significativa del paquete accionario de Credicentro, una empresa financiera del Grupo Vázquez. Esa compañía se convirtió en el Ueno Holding, en el cual Peña mantuvo su participación como accionista importante a pesar de haberse convertido en presidente del Paraguay.
Por el solo hecho de seguir siendo accionista siendo jefe de Estado, recibió duras críticas. Sin embargo, lejos de aunque sea vender parte de sus acciones, lo que hizo el presidente fue beneficiar de todas las formas posibles al Ueno Bank, cuya gigantesca dimensión se debía a la masiva inyección de fondos públicos y a los negocios que le hicieron hacer desde la presidencia y desde el Banco Central.
El sistema previsional invirtió sus fondos en ese gigante con pies de barro, todo gracias a las puertas que le abría uno de sus accionistas: nada menos que el presidente del país.
Era visible que la musculatura del gigante estaba inflada con anabólicos y que sus pies eran de barro. Por eso no debió sorprender a tantos que de un día para otro se desinflara como un globo y se desmoronara como castillo de naipes.
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Lo sorprendente es que un economista con la experiencia financiera de Santiago Peña no percibiera a tiempo que la estafa sideral de la que formaba parte tenía los días contados. En lugar de eso, quedó inmóvil hasta que se desmoronó la montaña de poder que lo encumbraba y sólo intentó huir de las consecuencias, refugiándose en esa guarida de impunidad que constituyen las senadurías vitalicias de los ex presidentes.
Ni bien emprendió la fuga presentando su renuncia, “lo pescaron”. La Cámara de Diputados no le aceptó que dimitiera y el caso pasó al Senado. Si se lo destituye, Santiago Peña acabará en el banquillo de los acusados por el descomunal desfalco que empobreció de golpe a gran parte de la población.
De ese modo habrá pasado en un santiamén de ser un joven y brillante economista que amasó poder político y económico al por mayor, a parecerse a Virgil Starkwell, el peor ladrón del mundo en la entrañable película de Woody Allen.