El peronismo creó un pecado capital: el gorilismo. A los antiperonistas y a los no-peronistas que criticaban un gobierno peronista, les caía un rótulo descalificador y estigmatizante: “gorila”.
Con la misma lógica de clausura a la oposición y la crítica, Javier Milei y sus eufóricos jihadistas de la “batalla cultural” crearon otro pecado capital usando la misma familia zoológica, pero con una obscena alegoría sexual: el “mandrilismo”.
Si el presidente argentino lleva meses sin llamar mandriles a sus críticos y opositores, no es porque haya realizado la mirada introspectiva que, en su momento, debió hacer el peronismo para erradicar ese lenguaje de segregación política. Milei dejó de llamar mandriles y de hablar de “mandrilania” porque se lo exigió Trump cuando lo salvó de la derrota electoral en las elecciones de medio término, inyectando un pulmotor de dólares que evitó un inminente colapso financiero.
+ MIRÁ MÁS: Epstein y la mancha que crece ensuciando al jet set del poder
Hasta Trump se dio cuenta que el gobierno ultraconservador argentino debía abandonar su absurdo y agresivo supremacismo ideológico y construir consensos. Empresario al fin, el presidente norteamericano no quiere poner dinero en un saco roto.
Es grave que te corrija mientras te arroja el salvavidas que te rescata del naufragio un tipo como Trump, cuya incontinencia barbárica bate récords a escala mundial. El último ameritaría incluso un juicio político para determinar si está en condiciones psicológicas y morales de conducir un país: presentar como “monos” a Barack y Michelle Obama.
Llamar gorilas o mandriles a los críticos y opositores es un vicio autoritario deleznable, pero no tiene que ver con el racismo. Mientras que lo que el bullyng que le hizo el magnate neoyorquino al ex presidente demócrata y su esposa es racismo puro y duro.

Desde tiempos remotos, el racismo blanco recurría a los simios para señalar la supuesta escala zoológica en la que situaban a los afrodescendientes. Hay caricaturas de panfletos apoyando al ejército de la confederación sureña en la Guerra de Secesión, mostrando como monos a los esclavos negros. Animalizarlos era una manera de auto-justificar la esclavitud.
El racismo de Trump ya había dado muchas señales y, si bien es un instinto retorcido y repugnante, está en mucha gente que sabe ocultar este costado de su bancarrota moral. Lo inconcebible es que, siendo presidente, no haya tenido la inteligencia elemental para contener esos reflujos.
Que a un presidente le falle de ese modo el control de esfínter mental lo incapacita para ocupar semejante cargo, para colmo en la principal potencia mundial.
No es exagerado ni golpista que empiecen a escucharse voces norteamericanas reclamando un juicio político. Podría ser como el que sacó del poder en Ecuador al presidente Abdalá Bucarán, “por incapacidad mental para gobernar”, a los seis meses de haber asumido el cargo en 1996.
Tendría lógica agregarle a la acusación la categoría “incapacidad moral”, que se usa en los juicios políticos en Perú.
No es lo más grave que hizo siendo presidente, pero se trata de un error que amerita un impeachment. Hoy, en Brasil, una joven argentina está en detención domiciliaria y con tobillera electrónica por haber hecho señales racistas a unos tipos que, a su vez, le estaban haciendo a ella señales obscenas.
La agresión de que era víctima no la justifica. Al responder de ese modo, ella dejó aflorar esa oscura viscosidad sicológica y cultural que es el racismo. Pero que los blancos de su gesticulación racista (moviéndose como se mueven los simios) la agredieran mostrándole sus genitales, muestra que lo de la joven argentina no tuvo premeditación sino que fue una reacción. Eso no la disculpa, pero contextualiza su acto repulsivo.
En el caso de Trump no existen atenuantes: sin haber sido provocado, el jefe de la Casa Blanca exhibió su miseria moral e intelectual. De tal modo, si en Brasil hay una joven detenida y con tobillera electrónica por haber respondido con una agresión gestual racista a una agresión gestual obscena, es ridículo que en la presidencia de los Estados Unidos esté un agresor racista.
Si a eso se le suma la centralidad que tiene en el escenario del Caso Epstein, la conclusión es que, salvo que las instituciones y el marco jurídico de la democracia norteamericana este diluyéndose, lo lógico es que Trump quede en poco tiempo bajo la sombra de un juicio político por incapacidad psicológica y moral para ocupar el cargo.



